Los hombres que podemos morir pronto

A la memoria de Valentín García, con respeto, admiración y profunda tristeza.

Creo que fue Pérez-Reverte el que escribió: “hay dos tipos de hombres: los que saben que tiene que morir y los que no”. Yo añadiría una tercera clase: los que sabemos que podemos morir pronto; y, aunque, ciertamente, no puedo confirmar la autoría de la frase, sí que puedo citar con solvencia a Séneca: “la muerte es un castigo para unos, un regalo para otros, y un favor para muchos”. 

No se si la lesión que aparece de nuevo en mi cerebro es tumoral o no. Y aunque, si lo es sólo supondrá un nuevo tratamiento, este hecho me lleva a reflexionar, otra vez, sobre el afrontamiento de la vida y, por ende, de la muerte como culminación de ésta. ¿Qué es peor: la incertidumbre que te bloquea en vida, el dolor de los tuyos o la diáfana certeza del final? ¿Qué resulta más digno: morir o vivir sujeto a un afección perpetua, a una enfermedad sin garantías de remisión? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento?.   

Para muchos enfermos oncológicos la vida se reduce al mito de Sísifo, obligado a cumplir un castigo terrible: empujar, ladera arriba, y en un inacabable ciclo, la enorme roca que vuelve a rodar hasta la base antes de alcanzar la cima; monstruosa pero acertada metáfora. Para otros, en cambio, la enfermedad se afronta como un continuo batallar en una guerra perdida de antemano. Pero, para unos pocos, la enfermedad se convierte en una dolorosa dádiva, un presente que les permite situarse ante el espejo de sí mismos. Y si, llegados a ese punto, estos últimos son capaces de mirar al abismo en su interior sintiendo sólo vértigo y no náusea, si ante lo realizado hay más orgullo que vergüenza, si, sin atisbo de duda, repetirían lo vivido en un “eterno retorno», entonces (y sólo entonces) todo habrá valido la pena, todo cobra sentido; porque, en ese sufrimiento, el abrazo a un ser querido es más intenso, el amor más profundo, el reencuentro con el amigo más sentido y la sensación de estar vivo más potente. Es un dolorosísimo regalo pero un regalo al fin y al cabo; porque, cuando llega la hora, puedes marchar en paz, con la certeza de que has agotado «el campo de lo posible».

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