Cuando la Nación nos salve

No lo duden ustedes,
Será nuestra Nación la que nos salve:
Aquel hombre que friega atestados pasillos
O la auxiliar que limpia esos cuerpos postrados

Será el agotamiento de la médico en prácticas
Quien ofrezca relevo al veterano exhausto
Pues no importan las horas, minutos o segundos:
transformaran, unidos, en vecino al enfermo

No serán las palabras, ni las frases hermosas,
Que será nuestra gente quien nos libre del orco
Combatiendo a la muerte con trabajo y esfuerzo
O a golpe de inventiva, como siempre hemos hecho

Cosiendo mascarillas, fabricando viseras,
Compartiendo sonrisas, fatigas y esperanzas..,
Y si, entre nuestras filas, se esconden miserables
La Nación los desprecia unida y solidaria

Labradores, soldados, científicos, obreros,
Transportistas, taxistas, panaderos, tenderos …
Mujeres y hombres, buenos, de todas las regiones,
de todos los rincones de esta tierra gastada

Ellos son la Nación, la reunión de todos;
Ellos son la Nación,
La Nación que nos salva

“La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”.

Constitución Española de 1812

El discurso de Abascal

Santiago se preparó un vaso de leche antes de ir a dormir. “Mañana intervendré en el congreso – se dijo – y debo estar descansado”. Le gustaba el discurso que había escrito y estaba absolutamente convencido de que, a sus votantes, también les gustaría. Era lo que esperaban: nada de hablar de economía y sí de valores, de esos principios que el marxismo cultural estaba socavando para convertir a la sociedad en una masa informe, sin raíces. Porque eso era lo que se pretendía, no le cabía duda: la destrucción nacional a través de una globalización desaforada que introducía políticas de identidad de género y un multiculturalismo pernicioso (en el que la mayoría se supedita a las minorías). Eso sin  mencionar al hembrismo cruel y desatado, que pretendía sustituir la lógica igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres, por una guerra abierta entre sexos. Lo dicho “marxismo cultural”. A su gente le iba a encantar.

Abascal se acostó pero, antes de que Morfeo le venciera, repasó, mentalmente, el final de su discurso. Era bueno, muy bueno: “Señorías, llegará un día en que la sociedad abandonará esta pesadilla. Este es mi mayor deseo. Porque somos muchos los que queremos despertar de este mal sueño. Y sí, estoy convencido, un día despertaré para encontrarme en un país donde la unidad nacional no se cuestione, donde las políticas identitarias no tengan cabida, donde los “Lobbys” LGTBI no nos impongan su forma de entender la sociedad, donde las fronteras nacionales ( y esto nada tiene que ver con el racismo) sean respetadas en su integridad. Despertaré en una nación en la que se hable de pluralidad y no de multiculturalidad, una nación donde la familia siga siendo importante, donde nadie se atreva a vulnerar las leyes del Estado y se respete a sus fuerzas de orden, una nación donde impere el civismo, donde hombres y mujeres trabajen juntos, en una igualdad real, y no enfrentados. Sí señorías, sí. ¡Quiero despertar en un país así! …” 

El sopor le venció y, paradójicamente, Abascal se quedó profundamente dormido mientras deseaba, con un fervor casi místico, que el grueso de su discurso se cumpliera: “¡Ojalá ocurra mañana!” – pensó. 

El reloj no le despertó, fue la luz quien lo hizo. Una luz intensa, cálida, caribeña. ¿Qué estaba pasando? ¿qué era aquello?. 

Si es usted religioso pensará que lo ocurrido fue un milagro. Yo, que no lo soy, lo llamo singularidad espacial e inexplicable; pero lo cierto es que nadie pudo comprender lo que pasó a partir de entonces aunque, durante meses, el “caso Abascal” se convirtiera en un controvertido tema de debate. Incluso Iker Jiménez le dedicó al asunto un monográfico especial de doce horas. Y es que, aquel extraño día, Santiago despertó en un país que cumplía (¡Por fin!) todos y cada uno de los deseos que había recogido en su discurso : “Buenos días, compañero” – le susurró, aquella mañana, una voz al oído  – “¡Bienvenido a Cuba”.        

Cuento anterior: «Su última voluntad» Siguiente cuento: Lo bueno o lo malo (un cuento bestia)