Izquierda, laicismo y religión (tertulia)

«Si la izquierda se define por algo es por el materialismo y por el socialismo. Una apuesta por una filosofía materialista, y por una visión socialista de la política, debería ser la base de la izquierda».

José Errasti

¿Cuál es la relación actual entre izquierda y laicismo?¿Qué ha pasado para que esta se aleje (del modo en que hoy lo hace) de la razón?¿Por qué se da pábulo a determinadas creencias?¿Es la religión algo privado, personal?¿Cuál debe ser el tratamiento de las religiones en las aulas?¿Tienen cabida los símbolos religiosos en el espacio público?¿De verdad interesa el laicismo?¿Hay religiones mejores que otras?¿Es el Islam una amenaza para los derechos humanos?¿Lo es el islamismo?¿Cuál es la diferencia entre ambos?

A todas estas preguntas, y algunas otras, responde, con gran honestidad y acierto, Mimunt Hamido (escritora [1], feminista y atea educada en la tradición musulmana) José Errasti (licenciado en Filosofía, doctor en Psicología y profesor en la universidad de Oviedo) y Guillermo del Valle (abogado y columnista en Diario 16 ). Del Valle es, además, cofundador junto a Javier Maurín (moderador y presentador de la tertulia que intitula este post ) de «El Jacobino», un más que recomendable medio de difusión del pensamiento crítico que pueden ustedes seguir a través de Twitter, Facebook, Instagram y Youtube.

Les recomiendo, por tanto, que disfruten de esta tertulia. Y no solo por las respuestas que ofrece a interrogantes de enorme complejidad, también porque descubre una parte de la realidad ignorada por muchos. 

No se la pierdan

[1] «El velo exhibicionista» Mimunt Hamido Yahia / Editorial Akal; colección A Fondo. Próxima publicación el 15 enero 2021

De huesos, gusanos y átomos

Religiones, agnosticismo y superchería II

Pero no solo los monoteísmos son nocivos. El budismo, por ejemplo, también los es. Sustentado en un aura mística y en ese buenismo idiota, tan de moda en esto que llamamos occidente, solo sirve a la pretensión de inmortalidad, a un último intento de huir de la extinción. Lo que atrae al anglosajón o al hispanohablante del budismo no es el Nirvana (la dilución en el todo, la nada a fin de cuentas) sino el Samsara, la reencarnación, la supervivencia que siempre, y en función del buen Karma, se pretende mejor. Es un especie de «evolucionismo espiritual» , un infantilismo religioso que se revela una doctrina con futuro, sobre en los caracteres propensos a posponerlo todo a mañana: «será en otra vida». Pero no, no será nada más allá de huesos, gusanos y, con el tiempo, átomos.

Existencia y transcendencia II

II

Al ateo se le recrimina su falta de capacidad para dotar de sentido a la vida de la misma forma que al creyente se le tolera un total infantilismo a la hora de responder a las grandes preguntas. “Los designios de Dios son inescrutables”- .Dicen.

¡Ah, la religión ! ¡Qué gran píldora contra el pensamiento crítico! Porque, sí los deseos de Dios son inescrutables ¿Quién nos asegura que este tenga un plan para nosotros? Y, si no lo tiene ¿Para qué lo necesitamos?

III

Entonces… ¿Nuestra existencia tiene sentido sin un ser superior, sin un más allá?. ¿Y con él, la tiene? ¡Qué más da! La vida no necesita un sentido. El gato no medita sobre “el sentido de su vida” y no lo hace porque solo es un gato. He ahí la respuesta: el problema no es la vida, su sentido o la ausencia de un “más allá”. El problema es el hombre y la absurda necesidad de que su conciencia perviva.

IV

Preguntas ¿A dónde vamos después de la muerte? Allí donde estuvimos antes de nacer. ¿Lo recuerda usted? ¡Exacto! Somos un tránsito en la nada, un puente entre dos vacíos, un amanecer, un ocaso… Y no, nada hay de terrible en ello pues es durante la vida, y no después de ésta, cuando alcanzamos la transcendencia. ¿Y el alma, pervive? No, ya que sin ella nacemos aunque muchos quieran imaginarla. Es ésta una entelequia fruto de la abstracción, de nuestra mente, de la imaginación. Por eso los animales no la tienen, porque no han sido capaces de inventarla.

Así pues la vida es una recompensa en sí misma, y lo es ya que no hay un sentido exterior a ella; buscarlo es degradarla y, para nosotros, un ejemplo de lo malo, de lo perverso, de lo decadente. Ese fraudulento sentido de la existencia supone la obediencia, la sumisión a principios religiosos o morales; la esclavitud. Ese desprecio a la vida es, para el ateo, un “pecado”.

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