No descarten la guerra

Les traigo una noticia: comienza a visualizarse la muerte de la democracia como sistema de gobierno. Buena noticia, excepto para los hooligans de partido (muy abundantes en nuestra nación) y para ese fundamentalismo democrático que resulta ser el único pensamiento consentido por ese mercadillo de tenderos codiciosos llamado Unión Europea.

La democracia acabó. Quizá no nos quisimos dar cuenta, y preferimos confundir su olor a descomposición con el de nuestros propios miedos. Pero llegó la pandemia y, con ella, la realidad. Ningún sistema de gobierno, ninguno, es capaz de albergar tanto enemigo en su seno, tanta mierda suicida, tanto relativismo disolvente, tanta idiocia infantil de sus partícipes.

No nos genere, pues, ningún problema enterrar el cadáver ya que el peligro es otro: ¿Quién ocupará su lugar?

La respuesta no es halagüeña. Tras la disolución de las izquierdas en ese capitalismo Cool, neoliberal, amigable y relativista (al que no quieren renunciar) será el neofeudalismo quién ocupe su nicho. Ese nicho cavado por una sociedad adolescente que ignora que los derechos ni se tienen, ni se otorgan sino que se conquistan; y que estos desaparecen si no se preservan.

Así que, gracias, queridos activistas de la nada por ese intento de convertirnos de nuevo en vasallos.

No descarten la guerra. Una guerra por la supervivencia que se jugará en el campo de las ideas, y en un eje distinto al actual, pero que no por ello será incruenta. Una guerra donde se enfrentará el materialismo al relativismo, el pensamiento a la corrección política, el internacionalismo al globalismo, la nación a la etnia, la realidad a «el relato», la ciencia a la superchería y, siempre, lo común al privilegio.

No tenemos ninguna certeza de ganarla