No descarten la guerra

Les traigo una noticia: comienza a visualizarse la muerte de la democracia como sistema de gobierno. Buena noticia, excepto para los hooligans de partido (muy abundantes en nuestra nación) y para ese fundamentalismo democrático que resulta ser el único pensamiento consentido por ese mercadillo de tenderos codiciosos llamado Unión Europea.

La democracia acabó. Quizá no nos quisimos dar cuenta, y preferimos confundir su olor a descomposición con el de nuestros propios miedos. Pero llegó la pandemia y, con ella, la realidad. Ningún sistema de gobierno, ninguno, es capaz de albergar tanto enemigo en su seno, tanta mierda suicida, tanto relativismo disolvente, tanta idiocia infantil de sus partícipes.

No nos genere, pues, ningún problema enterrar el cadáver ya que el peligro es otro: ¿Quién ocupará su lugar?

La respuesta no es halagüeña. Tras la disolución de las izquierdas en ese capitalismo Cool, neoliberal, amigable y relativista (al que no quieren renunciar) será el neofeudalismo quién ocupe su nicho. Ese nicho cavado por una sociedad adolescente que ignora que los derechos ni se tienen, ni se otorgan sino que se conquistan; y que estos desaparecen si no se preservan.

Así que, gracias, queridos activistas de la nada por ese intento de convertirnos de nuevo en vasallos.

No descarten la guerra. Una guerra por la supervivencia que se jugará en el campo de las ideas, y en un eje distinto al actual, pero que no por ello será incruenta. Una guerra donde se enfrentará el materialismo al relativismo, el pensamiento a la corrección política, el internacionalismo al globalismo, la nación a la etnia, la realidad a «el relato», la ciencia a la superchería y, siempre, lo común al privilegio.

No tenemos ninguna certeza de ganarla

Cuando la Nación nos salve

No lo duden ustedes,
Será nuestra Nación la que nos salve:
Aquel hombre que friega atestados pasillos
O la auxiliar que limpia esos cuerpos postrados

Será el agotamiento de la médico en prácticas
Quien ofrezca relevo al veterano exhausto
Pues no importan las horas, minutos o segundos:
transformaran, unidos, en vecino al enfermo

No serán las palabras, ni las frases hermosas,
Que será nuestra gente quien nos libre del orco
Combatiendo a la muerte con trabajo y esfuerzo
O a golpe de inventiva, como siempre hemos hecho

Cosiendo mascarillas, fabricando viseras,
Compartiendo sonrisas, fatigas y esperanzas..,
Y si, entre nuestras filas, se esconden miserables
La Nación los desprecia unida y solidaria

Labradores, soldados, científicos, obreros,
Transportistas, taxistas, panaderos, tenderos …
Mujeres y hombres, buenos, de todas las regiones,
de todos los rincones de esta tierra gastada

Ellos son la Nación, la reunión de todos;
Ellos son la Nación,
La Nación que nos salva

“La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”.

Constitución Española de 1812

Carta abierta a Pedro Sánchez

Antes de entrar en materia, señor Sánchez, permítame que le ponga en antecedentes: me llamo Jaime Goig, soy un enfermo oncológico y este próximo martes voy a ser operado de un tumor cerebral gracias a esa sanidad pública valenciana que su gobierno autonómico continúa, sin prisa pero sin pausa, deteriorando cada vez más. Visto lo visto, y como nadie sabe lo que le depara el mañana, quisiera dedicarle unas palabritas no vaya a ser que después de la operación me quede tonto o, sencillamente, no me quede. Y como si ese fuera el caso dejaría aquí a mucha gente a la que quiero, me gustaría dirigirme a usted para manifestarle mi preocupación. Porque aunque quien escribe estas líneas, un servidor,  es un ignorante algo leído (que quizá por eso sabe que lo es) a su lado, y no es mi intención ofenderle, destacaría como un erudito, una eminencia, un sabio, un premio nobel; y eso , Excelencia, me resulta pavoroso. Mucho más que la operación a la que voy a someterme.     

No voy a echarle en cara sus mentiras, después de un tiempo de andadura pública eso sería como reprocharle al sol que calentara, pero no puede dejar de preocuparme su anemia intelectual. Y si esta no es tál, si usted dice las imbecilidades que dice sabiendo que lo son entonces, presidente, mi preocupación es aún mayor porque estaría dirigiendome a un sujeto sin escrúpulos que, día a día, pone en jaque todos y cada unos de los principios de la izquierda en la que dice militar. Un gobernante “socialista” que apela a los sentimientos individuales de unos cuantos para redefinir la nación, que  justifica su cercanía a declarados racistas, que recibe el apoyo de socialfascistas o de quienes pretenden mantener privilegios medievales basándose en una legitimidad que deviene de Dios (o del amo del señorío, me da igual) solo puede ser definido como un reaccionario porque es la Reacción quien le sostiene. Así que lea usted un poco, por favor, antes de hablar de un socialismo que desconoce.

Usted, por ignorancia o protervia (seguramente por las dos) pone en jaque, diariamente, el espacio público compartido por todos dejando el porvenir del Estado (es decir la caja común, la seguridad social, la sanidad, las pensiones, las infraestructuras, etcétera) en manos de quienes abiertamente se declaran enemigos de este. Es usted un atentado contra lo público, Excelencia, al igual que lo es contra la clase trabajadora a la que arroja contra las cuerdas cuando entrega la dirección economía de la nación a ministros que defienden, sin ambages, posturas neoliberales. Es usted un cáncer, señor;  y peor que el mío que solo afecta a mis allegados y persona. Usted corroe la nación y se extiende como metástasis por todos aquellos miembros de su partido que, desprovistos del más mínimo atisbo de honra, le sustentan para seguir “saliendo en la foto”.

Y hasta aquí, Presidente. No quiero dedicar ni un minuto más de mi tiempo a pensar en usted. En lo personal le deseo lo mejor. En lo político espero que lo extirpen. Como a mi tumor.