Y arrojar a dios sobre la tierra

Demostrar la no existencia de dios, de las deidades, resulta tan posible como asegurar que en la despensa de mi casa (de tan solo un metro cuadrado) y situada en un quinto piso, no hay un elefante de cuatro toneladas. Puedo afirmarlo. Y puedo hacerlo sin abrir la puerta de la despensa y sin siquiera estar en casa. Podría hacerlo, incluso desde otro país. Y no erraría. De la misma forma puedo afirmar que el trueno es el sonido de la onda de choque causada por el rayo, un fenómeno natural que nada tiene que ver con Thor, que la hostia es oblea y no carne, y que el vino de la eucaristía no contiene sangre sino alcohol. Sé que la al-Hayar-ul-Aswad (la piedra negra de la Kaaba) jamás estuvo en el paraíso y que en el Olimpo no hay dioses, porque nadie que lo haya escalado los ha visto. Y así, uno a uno (como apunta Mauricio Schwarz) puedo despojar a cada dios de sus atributos, de aquello que los convierte a los ojos del creyente en seres preternaturales, puedo, como rezan los versos del poeta, arrojar a dios sobre la tierra.