Existencia y transcendencia II

II

Al ateo se le recrimina su falta de capacidad para dotar de sentido a la vida de la misma forma que al creyente se le tolera un total infantilismo a la hora de responder a las grandes preguntas. “Los designios de Dios son inescrutables”- .Dicen.

¡Ah, la religión ! ¡Qué gran píldora contra el pensamiento crítico! Porque, sí los deseos de Dios son inescrutables ¿Quién nos asegura que este tenga un plan para nosotros? Y, si no lo tiene ¿Para qué lo necesitamos?

III

Entonces… ¿Nuestra existencia tiene sentido sin un ser superior, sin un más allá?. ¿Y con él, la tiene? ¡Qué más da! La vida no necesita un sentido. El gato no medita sobre “el sentido de su vida” y no lo hace porque solo es un gato. He ahí la respuesta: el problema no es la vida, su sentido o la ausencia de un “más allá”. El problema es el hombre y la absurda necesidad de que su conciencia perviva.

IV

Preguntas ¿A dónde vamos después de la muerte? Allí donde estuvimos antes de nacer. ¿Lo recuerda usted? ¡Exacto! Somos un tránsito en la nada, un puente entre dos vacíos, un amanecer, un ocaso… Y no, nada hay de terrible en ello pues es durante la vida, y no después de ésta, cuando alcanzamos la transcendencia. ¿Y el alma, pervive? No, ya que sin ella nacemos aunque muchos quieran imaginarla. Es ésta una entelequia fruto de la abstracción, de nuestra mente, de la imaginación. Por eso los animales no la tienen, porque no han sido capaces de inventarla.

Así pues la vida es una recompensa en sí misma, y lo es ya que no hay un sentido exterior a ella; buscarlo es degradarla y, para nosotros, un ejemplo de lo malo, de lo perverso, de lo decadente. Ese fraudulento sentido de la existencia supone la obediencia, la sumisión a principios religiosos o morales; la esclavitud. Ese desprecio a la vida es, para el ateo, un “pecado”.

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Existencia y transcendencia I


«En algún apartado rincón del universo, desperdigado de innumerables y centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras un par de respiraciones de la naturaleza, el astro se entumeció y los animales astutos tuvieron que perecer.

Alguien podría inventar una fábula como ésta y, sin embargo, no habría ilustrado suficientemente, cuán lamentable y sombrío, cuán estéril y arbitrario es el aspecto que tiene el intelecto humano dentro de la naturaleza; hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada».

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.
Friedrich Nietzsche.

I

Según la teoría del Big Bang el universo tiene una edad aproximada de 13.800 millones de años, cifra que escapa a la imaginación y que resultaría abismal si la transformamos a horas, minutos o segundos. Siendo optimistas y aceptando al homo habilis como la especie humana más primitiva llevamos tan solo un cronón (1) en un universo que crece, mientras que la humanidad en su conjunto camina, al menos como la conocemos, a una segura extinción. Parecería entonces que, en una escala cósmica, cada individuo ni tan siquiera hubiera existido. Y sin embargo no es así. Somos lo que las religiones llaman un «milagro» y nosotros una magnífica singularidad. Somos naturaleza, universo, en definitiva, somos materia tomando conciencia de sí misma* y esta mirada fría, pero apasionada, nos muestra nuestra fortuna y grandeza. Y no porque vayamos a «transcender» sino porque ya hemos transcendido. El «Cielo» está aquí, ahora. Porque no fuimos, ni seremos, tal es nuestra irrelevancia frente al tiempo. 

* «El hombre es la naturaleza que toma conciencia de sí misma». Élisée Reclus

Planteemos entonce lo siguiente: si, como ya hemos afirmado, nuestra especie tan solo lleva un cronón en un universo que se expande, si en una escala cósmica, puede considerarse nuestra insignificancia como individuos desmesuradamente mayor a la que nosotros atribuimos, por ejemplo, al tiempo en la tierra de una mosca… ¿Cómo puede un Dios castigar a una eternidad de tormento o premiar con la gloria inmortal por una futilidad así? ¿Qué clase de Dios es ese?

(1) El cronón o tiempo de Planck es una unidad de tiempo, considerada como el intervalo temporal más pequeño que puede ser medido.

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