Ateísmos I

Ateos por la gracia de Dios.

I

Sí. Ateos por la gracia de Dios. Ese camino hemos andado determinados individuos pese a haber recibido una excepcional educación religiosa: los que, en su momento, sabíamos distinguir entre exégesis y hermenéutica, los que crecimos mecidos por la escolástica vano intento, para algunos, de mezclar agua y aceite. El ateísmo no siempre nace del resentimiento hacia la iglesia, es más, si nace del resentimiento reniega de su propio fundamento: el racionalismo. Ateo católico preconciliar, así me defino yo. Porque, y bromas aparte, el mayor impulso que ha recibido el ateísmo en nuestra cultura no vino de la popularización de los textos de Nietzsche o Marx a principios del pasado siglo XX como muchos afirman. En realidad, los mayores paladines del ateísmo fueron los Papas Juan XXIII y Pablo VI (con el concilio Vaticano II como espada). Fue «la modernización de la Iglesia», el equivalente a la «democratización» de Dios, lo que socavó cualquier tipo de autoridad eclesial supeditando la religión al pensamiento.

Así, cuando se dejó de oficiar en latín conocimos que Dios era uno y Trino, que el misterio de la transustanciación crística no era un símbolo sino que, para los creyentes, suponía consumir carne y sangre del Cristo; generaciones y generaciones cristianas habían vivido sin ser conscientes de haber estado practicando el más atroz de los canibalismos. Se generó, entonces, la duda, se coló la razón más allá de la escolástica, y la masa fervorosa comenzó a cuestionarse espíritus en forma de paloma y virginidades posparto. Fue la Iglesia, con su concilio Vaticano II, la que abrió la puerta al ateísmo.

¿Lo imaginan?. De una fe basada en el misterio, la interpretación teológica de las escrituras, la liturgia en latín y la música de Bach, Vitoria o Händel , a una fe sostenida por cuatro imberbes desatados tocando la guitarrita y cantando: «Cumbaya señor, cumbaya».

Porque, y aunque todas sus incongruencias pudieran haber sido disculpadas, lo que resultó patente es el pésimo gusto musical que la Iglesia le atribuyó a Dios. Y eso, aunque no prueba su inexistencia, resulta imperdonable.

Concilio Vaticano II

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