Y arrojar a dios sobre la tierra

Demostrar la no existencia de dios, de las deidades, resulta tan posible como asegurar que en la despensa de mi casa (de tan solo un metro cuadrado) y situada en un quinto piso, no hay un elefante de cuatro toneladas. Puedo afirmarlo. Y puedo hacerlo sin abrir la puerta de la despensa y sin siquiera estar en casa. Podría hacerlo, incluso desde otro país. Y no erraría. De la misma forma puedo afirmar que el trueno es el sonido de la onda de choque causada por el rayo, un fenómeno natural que nada tiene que ver con Thor, que la hostia es oblea y no carne, y que el vino de la eucaristía no contiene sangre sino alcohol. Sé que la al-Hayar-ul-Aswad (la piedra negra de la Kaaba) jamás estuvo en el paraíso y que en el Olimpo no hay dioses, porque nadie que lo haya escalado los ha visto. Y así, uno a uno (como apunta Mauricio Schwarz) puedo despojar a cada dios de sus atributos, de aquello que los convierte a los ojos del creyente en seres preternaturales, puedo, como rezan los versos del poeta, arrojar a dios sobre la tierra.

Ganas de rezar

“Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo. Ellos, después de haberle adorado, volvieron a Jerusalén con gran gozo”.

Lucas 24:50-52 

«Y que fué sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme á las Escrituras»

Corintios 15:4

El catolicismo resulta una religión descaradamente materialista. El católico goza de un dios encarnado, corpóreo, material: el Cristo. Un dios que además de ofrecernos una vida inmortal  lo hace en un cuerpo resucitado. Dentro del amplio abanico de religiones y su variopinta oferta… ¿Hay alguien que de más?

Cuerpo y sangre, pan y vino ¿Qué mayor alabanza, qué mayor sacralización de la materia que la transubstanciación? dios ingerido por miles de practicantes del canibalismo místico.

Divinidad presa en su propio cuerpo; Cristo, encarnado y parido por una madre virgen que ascendió a “los cielos” en cuerpo y alma. Carne resucitada, materia. 

Dan ganas de ponerse a rezar            

Religiones, agnosticismo y superchería I

MONOTEÍSMOS

I

Si analizamos los tres grandes monoteísmos encontraremos la proyección que sus creadores, atendiendo a sus prejuicios y necesidades, hacen de dios. Así, el de Yisra’el es guerrero, vengativo, colérico, aniquilador… Tótem del clan que se encuentra en permanente enfrentamiento con las tribus vecinas y del pueblo elegido frente a los gentiles; dios excluyente que no quiere conversos sino mantener la pureza de los hijos de Jacob. Numen de los nómadas que quieren dejar de serlo en una nueva tierra prometida, la deidad del Éxodo y de la muerte de todos los primogénitos de Egipto; la del Levítico, la de sus normas. En definitiva: Yahveh, un dios terrible.

II

El Islam se concibió para lograr el sometimiento de los distintos pueblos politeístas que convivían en la península arábiga. Para ello se necesitaba un decreto religioso, la Yihad, que justificara la guerra para extender la «Ley de Dios». Al contrario que el judaísmo, el Islam es proselitista y busca crecer, subyugar a su fe a los no creyentes porque nació como una religión de conquista. El Islam es expansivo y no duda en emplear la fuerza para serlo, por lo tanto, también es terrible.

III

El cristianismo nació como una religión de esclavos. Fueron estos los que en la antigua Roma, y por la gracia de un sacerdote llamado Marción*, se apartaron de la tradición hebraica y modelaron al dios de la debilidad: bienaventurados los mansos, los pobres de espíritu, los que lloran, los perseguidos, los injuriados… Bienaventurados nosotros, los esclavos. Sin embargo, la religión de los pobres pronto volvió al redil del judaísmo y lo hizo por razones de Estado, porque a medida que el mundo romano se cristianizó se corrompió el Imperio: degeneró.

No es casualidad que durante el gobierno de Teodosio el grande, último emperador de todo el mundo romano, San Jerónimo* incorporara a la Biblia los textos hebreos. El cristianismo volvía así a sus orígenes judíos y la religión de los esclavos se convertía en la de los amos, la de los Estados. Justificaba la conquista, la destrucción, la rapiña y el asesinato en nombre de dios.

IV

Por tanto, los tres grandes monoteísmos comparten, además de un mismo libro*, los mismos valores. Para ellos solo existe un Dios y solo, cada uno de ellos, es capáz de interpretar su ideńtica voluntad: manipular al hombre, controlar al hombre, atentar contra el hombre. En lo personal comparten el odio a lo terrenal incluido el propio cuerpo: comparten el desprecio a la sexualidad, a la inteligencia, a la voluntad, al pensamiento crítico. En lo social coinciden en la intolerancia, el rechazo al otro, el colonialismo, la guerra, la misoginia. Todos exigen obediencia ciega, fe, sumisión, castidad, virginidad. Castración.

* (1) Marción de Sinope (Ponto, Roma ) vivió entre los años 85 y 161 de nuestra era. Fue un teólogo heresiarca cristiano fundador de la secta marcionita que postulaba la existencia de un verdadero Dios revelado por Jesús, al cual se oponía un ser inferior: el dios de los judíos cuya Ley era contraria a lo revelado por el evangelio de Lucas (el único que aceptaba).

*(2) San Jerónimo, “Padre de la Iglesia”, reunió los libros de la Biblia con los hebreos en el Concilio de Roma del año 382.

*(3) ​ Los tres monoteísmos comparten textos sagrados. El Antiguo Testamento cristiano es el Tanaj judío ( Torá, Neviim y Ketuvim ; Ley, Profetas y Escritos). En el Islam el Arcángel Gabriel es venerado como el Ángel de la Revelación. Para los musulmanes los libros revelados, además del Corán, son: La Torá revelada a Moisés, los Salmos revelados al rey David y el Evangelio de Jesús.

Ateísmos III

IV

¿Sería posible la existencia del vacío absoluto sin la ausencia total de materia? La pregunta parece absurda pero no lo es porque solo cabe una respuesta negativa. Y, si trasladamos la pregunta al ámbito teológico… ¿Qué ocurre?. ¿Puede ser Dios perfecto, omnipresente, omnisciente e infinito y al mismo tiempo haber algo que lo exceda? No. ¿Y qué es entonces la materia o el propio ser humano que, además, dispone de libre albedrío? Observamos que los conceptos que definen a Dios son contrapuestos y contradictorios, como el vacío absoluto sin la ausencia total de materia. Luego no solo se puede negar la existencia de Dios sino que se debe negar su propia esencia: la propia idea de Dios es absurda. A esto llamamos ateísmo esencial.

V

Raza de Caín , sube al cielo y … ¡Arroja a Dios sobre la tierra! Baudelaire 

Demostrar la no existencia de Dios, de las deidades, resulta tan posible como asegurar que en la despensa de mi casa (de tan solo un metro cuadrado) y situada en un quinto piso, no hay un elefante de cuatro toneladas. Puedo afirmarlo. Y puedo hacerlo sin abrir la puerta de la despensa, sin ni siquiera estar en casa. Podría hacerlo, incluso desde otro país. Y no erraría. De la misma forma puedo afirmar que el trueno es el sonido de la onda de choque causada por el rayo, un fenómeno natural que nada tiene que ver con Thor, que la hostia es oblea y no carne, y que el vino de la eucaristía no contiene sangre sino alcohol. Se que la al-Hayar-ul-Aswad (la piedra negra de la Kaaba) jamás estuvo en el paraíso y que en el Olimpo no hay dioses, porque nadie que lo haya escalado los ha visto. Y así, uno a uno (como apunta Mauricio Schwarz) puedo despojar a cada dios de sus atributos, de aquello que los convierte a los ojos del creyente en seres preternaturales, puedo, como rezan los versos del poeta, arrojar a Dios sobre la tierra.  

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Existencia y transcendencia II

II

Al ateo se le recrimina su falta de capacidad para dotar de sentido a la vida de la misma forma que al creyente se le tolera un total infantilismo a la hora de responder a las grandes preguntas. “Los designios de Dios son inescrutables”- .Dicen.

¡Ah, la religión ! ¡Qué gran píldora contra el pensamiento crítico! Porque, sí los deseos de Dios son inescrutables ¿Quién nos asegura que este tenga un plan para nosotros? Y, si no lo tiene ¿Para qué lo necesitamos?

III

Entonces… ¿Nuestra existencia tiene sentido sin un ser superior, sin un más allá?. ¿Y con él, la tiene? ¡Qué más da! La vida no necesita un sentido. El gato no medita sobre “el sentido de su vida” y no lo hace porque solo es un gato. He ahí la respuesta: el problema no es la vida, su sentido o la ausencia de un “más allá”. El problema es el hombre y la absurda necesidad de que su conciencia perviva.

IV

Preguntas ¿A dónde vamos después de la muerte? Allí donde estuvimos antes de nacer. ¿Lo recuerda usted? ¡Exacto! Somos un tránsito en la nada, un puente entre dos vacíos, un amanecer, un ocaso… Y no, nada hay de terrible en ello pues es durante la vida, y no después de ésta, cuando alcanzamos la transcendencia. ¿Y el alma, pervive? No, ya que sin ella nacemos aunque muchos quieran imaginarla. Es ésta una entelequia fruto de la abstracción, de nuestra mente, de la imaginación. Por eso los animales no la tienen, porque no han sido capaces de inventarla.

Así pues la vida es una recompensa en sí misma, y lo es ya que no hay un sentido exterior a ella; buscarlo es degradarla y, para nosotros, un ejemplo de lo malo, de lo perverso, de lo decadente. Ese fraudulento sentido de la existencia supone la obediencia, la sumisión a principios religiosos o morales; la esclavitud. Ese desprecio a la vida es, para el ateo, un “pecado”.

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