Contra la democracia

«En las elecciones el pueblo tiene la ilusión de ejercer el poder, pero no es así, claro, no hay voluntad general, ésa es una idea metafísica».

Gustavo Bueno

La libertad de expresión es un arma magnífica, en manos de las democracias liberales, para acabar con el pensamiento. Y no digo con el pensamiento crítico, digo con el pensamiento mismo. La proliferación (amparada por esa supuesta libertad de expresión) de estupideces disfrazadas de consignas, ideas fuerza y frases hechas, supone un maravilloso caldo de cultivo para confundir, marear y, en definitiva, desincentivar a quienes pretenden bucear en los hechos y ejercitar la reflexión. La palabra democracia, junto al adjetivo democrático, es la base sobre la que orbita esta estrategia de atocinamiento, este cutre engaño sustentado por una dudosa libertad negativa.

La democracia liberal es un fraude, una superchería que no requiere de pensadores, sino de hooligans de partido dispuestos a todo con tal de imponer la opinión del amo encarnado en la figura del líder político, del gorrión Supremo.

Cuando hablamos de esta democracia no hablamos de la mejor forma de gobierno; hablamos de una forma de gobierno fallida, sostenida por la ignorancia, la falta de criterio y una devastadora corriente que podemos calificar, sustrayéndole el término al profesor Bueno, como «fundamentalismo democrático». Hablamos, propiamente, de oclocracia: el gobierno de la turba porque (no solo a nivel ideológico sino, también, a nivel funcional) la mayoría de votantes-participantes de este lanar sistema, resultan auténticos analfabetos procedimentales sin una idea clara de qué son, cómo funcionan o para qué sirven las instituciones. ¿Senado, Congreso, Diputaciones..? ¿Qué más da? Para ellos no importa cómo se articula la prácticamente inexistente separación de poderes, o cuáles son las muchas prebendas, y escasas obligaciones, de nuestros administradores. Al contrario; su ignorancia no supone obstáculo alguno para sus peroratas sobre, por ejemplo, las excelencias de una infame y disgregadora Constitución que, en la mayoría de los casos, no habrán siquiera leído. Y así, recitarán lo aprendido como si fuera una verdad mística, revelada. Y hablaran de federalismo, de plurinacionalidad; pero no se le ocurra preguntarles qué es la nación porque no obtendrá respuesta más allá del insulto. 

Estas marionetas, que se piensan libres mientras se revuelcan en el fango de las redes sociales movidos por estímulos meramente pavlovianos, son el sustento de un sistema que sigue concentrando la mayoría del poder en un muy escaso porcentaje de la población: los políticos. Estos, a su vez, se supeditan a las exigencias del capital, del partido o de sus propios anhelos personales, mientras cultivan e incentivan la ignorancia, propia y ajena.  Así impiden que se descubra su juego: la democracia sin formación, conocimiento, aprendizaje, educación y mérito, es una farsa. 

Escoja usted verdugo, por favor

“Lo más siniestro de la democracia es que permite elegir, supuestamente de forma libre, a los presuntos verdugos que pueden gestionar una catástrofe”                         

Jesús G. Maestro

La democracia, «nuestro sistema de gobierno», esa que algunos ya hemos asumido como cadáver, se sostiene únicamente en tres pilares : el mercado, el miedo y la oclocracia de partido.

La ilusión de soberanía, de «libre albedrío» en nuestras decisiones, es una engañosa «libertad de adquisición» de los distintos bienes y servicios que ofrece el mercado. A no ser que sea usted pobre, claro. Porque entonces no dispondrá siquiera de esa ilusión y, a la hora de tener, lo único que tendrá será miedo. Miedo a no poder alcanzar aquellos productos que, por esenciales, resultan imprescindibles para mantener un modelo aceptable de subsistencia.

Pero existe, además, una tercera persona que completa esa trinidad sistémica dedicada a pastorear a las masas: la oclocracia de partido. Esta última encarnación resulta de gran ayuda, por consoladora; no podrá usted comer pero estará en disposición de escoger a un memo, el que un partido político, ese al que usted vota, haya elegido para apacentarle.

Así que ¡Enhorabuena! Y escoja usted verdugo, por favor.

No descarten la guerra

Les traigo una noticia: comienza a visualizarse la muerte de la democracia como sistema de gobierno. Buena noticia, excepto para los hooligans de partido (muy abundantes en nuestra nación) y para ese fundamentalismo democrático que resulta ser el único pensamiento consentido por ese mercadillo de tenderos codiciosos llamado Unión Europea.

La democracia acabó. Quizá no nos quisimos dar cuenta, y preferimos confundir su olor a descomposición con el de nuestros propios miedos. Pero llegó la pandemia y, con ella, la realidad. Ningún sistema de gobierno, ninguno, es capaz de albergar tanto enemigo en su seno, tanta mierda suicida, tanto relativismo disolvente, tanta idiocia infantil de sus partícipes.

No nos genere, pues, ningún problema enterrar el cadáver ya que el peligro es otro: ¿Quién ocupará su lugar?

La respuesta no es halagüeña. Tras la disolución de las izquierdas en ese capitalismo Cool, neoliberal, amigable y relativista (al que no quieren renunciar) será el neofeudalismo quién ocupe su nicho. Ese nicho cavado por una sociedad adolescente que ignora que los derechos ni se tienen, ni se otorgan sino que se conquistan; y que estos desaparecen si no se preservan.

Así que, gracias, queridos activistas de la nada por ese intento de convertirnos de nuevo en vasallos.

No descarten la guerra. Una guerra por la supervivencia que se jugará en el campo de las ideas, y en un eje distinto al actual, pero que no por ello será incruenta. Una guerra donde se enfrentará el materialismo al relativismo, el pensamiento a la corrección política, el internacionalismo al globalismo, la nación a la etnia, la realidad a «el relato», la ciencia a la superchería y, siempre, lo común al privilegio.

No tenemos ninguna certeza de ganarla