No descarten la guerra

Les traigo una noticia: comienza a visualizarse la muerte de la democracia como sistema de gobierno. Buena noticia, excepto para los hooligans de partido (muy abundantes en nuestra nación) y para ese fundamentalismo democrático que resulta ser el único pensamiento consentido por ese mercadillo de tenderos codiciosos llamado Unión Europea.

La democracia acabó. Quizá no nos quisimos dar cuenta, y preferimos confundir su olor a descomposición con el de nuestros propios miedos. Pero llegó la pandemia y, con ella, la realidad. Ningún sistema de gobierno, ninguno, es capaz de albergar tanto enemigo en su seno, tanta mierda suicida, tanto relativismo disolvente, tanta idiocia infantil de sus partícipes.

No nos genere, pues, ningún problema enterrar el cadáver ya que el peligro es otro: ¿Quién ocupará su lugar?

La respuesta no es halagüeña. Tras la disolución de las izquierdas en ese capitalismo Cool, neoliberal, amigable y relativista (al que no quieren renunciar) será el neofeudalismo quién ocupe su nicho. Ese nicho cavado por una sociedad adolescente que ignora que los derechos ni se tienen, ni se otorgan sino que se conquistan; y que estos desaparecen si no se preservan.

Así que, gracias, queridos activistas de la nada por ese intento de convertirnos de nuevo en vasallos.

No descarten la guerra. Una guerra por la supervivencia que se jugará en el campo de las ideas, y en un eje distinto al actual, pero que no por ello será incruenta. Una guerra donde se enfrentará el materialismo al relativismo, el pensamiento a la corrección política, el internacionalismo al globalismo, la nación a la etnia, la realidad a «el relato», la ciencia a la superchería y, siempre, lo común al privilegio.

No tenemos ninguna certeza de ganarla

Puerto de Hierro

Fragmento del epílogo

Como imaginaran ustedes, los últimos (y apocalípticos) acontecimientos van a retrasar, aún más, la publicación de mi libro, Puerto de Hierro, que tenía previsto su lanzamiento para marzo. No obstante y ante tanta ola solidaria (y tanto activismo de aplauso y cacerola) me parece oportuno publicar un fragmento, muy corto, de su epílogo. Espero que les guste.

«No hay conjuras, complots, conspiraciones o planes ocultos. Hay necesidades de mercado y respuestas instigadas por el capitalismo. Su impunidad es tal que no necesita ocultarse. Ha sabido acabar con toda oposición anulando el pensamiento crítico. Y lo ha hecho, en muchas ocasiones, dominando el lenguaje; de facto, en España ganó una de sus más importantes batallas cuándo consiguió que llamaramos “huelga feminista” [1], a un paro promovido y respaldado por administraciones públicas y empresas.

El sistema ha sabido subyugar a la sociedad, dividiéndola en minorías enfrentadas que tienen como común denominador “la opresión”, pero no al opresor. Es este otro triunfo semántico en el que el tirano cambia a medida que lo hace la “identidad” del “oprimido, enfrentando mujer a heteropatriarcado, negro a blanco, transexual a feminista [2], emigrante a Estado, ateo a creyente, homosexual a religioso [3], etcétera, etcétera, etcétera. Divide et vinces. Nada nuevo bajo el sol. Y mientras tanto el capitalismo, único opresor cierto, se escapa de la ecuación porque ninguna izquierda lo cuestiona como sistema; solo se pretende que sea más amigable, más friendly, más cool. Es el deseo húmedo de “Buenafuentes y Bop Pops”, esos que predican y nos indican el camino a seguir para ser políticamente aceptables, mientras callan ante la política laboral de la multinacional que les contrata. Mi amigo Guillermo del Valle lo explica así:

grandes medios de comunicación privados y grandes multinacionales se paralizan cuando hay cualquier reivindicación identitaria. Algunos de los y las más progresistas del lugar, la quintacolumna de cualquier algarada, piden la cena desde su casa a Deliveroo o Glovo, que les envía un esclavo ahora llamado falso autónomo, que suele ser un varón, aunque su novia sea una kelly igual de jodida que él, o cajera en un supermercado echando horas extras sin parar, y sin cobrar ni por supuesto cotizar. Algunos de los y las más progresistas del lugar prefieren buscar el airbnb de turno, o la última ganga de la falsa economía colaborativa aunque sepan que destroza puestos de trabajo y condena a la explotación a muchos. Hombres y mujeres”.

Por eso, corporaciones tan filantrópicas como las propietarias de Facebook y Twitter invierten muchísimo dinero en que, tanto usted como yo, tengamos una sólida herramienta de protesta. Así, ante cualquier injusticia (un despido improcedente, un ERE, un desahucio o una sentencia que recorte nuestros derechos laborales) nos decimos: ¡se van a enterar! Y entramos en Facebook o en Twitter para arremeter contra la administración, el banco, la empresa o el jefe que, esa noche, no duerme. Y no porque le preocupe o le importe una higa nuestro ácido, hiriente e ingenioso tuit, sino porque se ha ido de fiesta o no tiene sueño. Pero además, si somos super activistas , como los yankis de la izquierda californiana, convocaremos una “manifa guay (pasando de sindicatos que para eso está el Whatsapp) a la que, con suerte, acudirán algunos amiguetes, dos blogueros y cuatro gatos más. Un enorme exitazo, si de lo que se trata es de acabar con la militancia sustituyendola por el “activismo”.

Y todo esto si es jueves, porque, si es lunes, tocará manifestarse contra la opresión de los pueblos vasco y catalań [4]. Da lo mismo que Cataluña y País Vasco sean regiones que gocen de las mayores cuotas de autogobierno de Europa, que sean de las más descentralizadas y ricas [5]. Hemos asumido como de “izquierdas”, el discurso burgués del independentismo, equiparando a naciones realmente oprimidas con una Cataluña que, hasta hace poco, acumulaba el 30 % del PIB nacional; o un País Vasco que sigue recibiendo un cupo extra, gracias a un “opresor español” , Cánovas del Castillo, que estableció en febrero de 1878 una forma de recaudación “provisional” (debería haber terminado en marzo de 1886) con el objeto de que, progresivamente, los ciudadanos de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya contribuyeran a la hacienda pública, según sus posibilidades, al igual que lo hacía el resto de los españoles. A día de hoy todavía no se ha conseguido.

Cuando se pretende la ruptura de un Estado a través de la secesión de parte de su territorio son los derechos de todos los ciudadanos los que están en juego; es ese territorio político común de solidaridad y libertades (y no existe idea más socialista que esta, la del espacio político común) el que resulta atacado por esa fuerzas reaccionarias y tribales que, disfrazadas de izquierdismo, pretenden decidir sobre lo que es de todos amparándose en derechos feudales, otorgados por algún monarca caduco, y heredados en virtud de la raza, el nacimiento o el lugar de residencia. ¿Hay algo más retrógrado que esto?

Así es como, sin necesidad de complots, el capitalismo va sumando victorias. Con la maquinaria mediática a su servicio y una cohorte de colaboracionistas, algunos involuntarios, que sin prisa, pero sin pausa, vacían a la izquierda de contenido, enfrentan a la clase trabajadora o favorecen la quiebra de Estados procurando una seguridad social depauperada, una sanidad pública que no funciona, una Hacienda pobre, unas pensiones ridículas, un mal reparto impositivo o un gobierno títere incapaz de legislar sobre falsos autónomos, abusos patronales, etcétera.

Olvídense de conspiraciones. Porque, ante la evidencia, las conjuras masónicas quedan solo para las novelas»

[1] La huelga (exceptuando la de hambre que es un medio de reivindicación política) solo puede darse en el contexto de un conflicto laboral ya que esta supone el cese de la producción por parte de los asalariados en aras de una reivindicación circunscrita al ámbito del trabajo y no a otra cosa. La llamada “huelga feminista”, cuyos motivos no cuestiono, supuso el paro de la actividad por parte de administraciones y empresas (prácticamente un cierre patronal) y el que miles de personas dejaran momentáneamente de trabajar por circunstancias ajenas a lo laboral. Esto resultó un triunfo más del capitalismo frente al movimiento obrero ya que desprovee a este de su mejor arma de protesta, la huelga. Cuando cualquier reivindicación política o ideológica, de cualquier tipo o espectro, justa o no, equipara un paro de protesta a huelga, vacía de significado esta palabra. Como vemos, el lenguaje y su uso es fundamental a la hora de manipular a ese ente abstracto conocido como “opinión pública”.

[2] Las feministas descalificadas como TERF (trans-exclusionary radical feminist) niegan la condición de mujer a las transexuales. A esta corriente se la conoce, también, como Feminismo Crítico de Género o RadFem. Por su parte existen colectivos Trans que reniegan del feminismo.

[3] El periódico The Guardian recogió en marzo de 2019 la noticia de que la escuela comunitaria Parkfield en Saltley, Birmingham, U.K., tuvo que suspender un programa dirigido a niños de 4 a 11 años de edad titulado «No Outsiders». El taller pretendía acabar con la discriminación de homoxesuales en el entorno escolar. La negativa de los padres, la mayoría musulmanes, a que se realizara acabó imponiéndose. Esta noticia no es un caso aislado y el enfrentamiento entre identidades, minorías o distintos relatos resulta cada vez más frecuente.

[4] Los procesos separatistas se producen en función de unos inexistentes “derechos territoriales” que suelen sustentarse en privilegios medievales (forales) otorgados por una extinta monarquía absoluta. A este respecto cabe destacar que el nacionalismo es siempre la anti-izquierda. Porque la nación política nace cuando al privilegio (“el trono y el altar”) se enfrenta la nación ”unida e indivisible” de ciudadanos libres, iguales y fraternos. A este concepto de nación (que nace cuándo lo hace la izquierda y de esta) se enfrenta ese otro, retrógrado y cavernario, basado en la lengua, la cultura, el origen y la raza (nación étnica) que defienden los nacionalismos españoles: catalán, vasco, valenciano, gallego… degradando a sus respectivas regiones a la categoría de tribu.

[5] A algunos nos resulta profundamente inmoral y descorazonador considerar “oprimidas” a estas regiones españolas. Quizá porque contraponemos, frente a las siete empresas catalanas del IBEX los 7.000.000 de minas antipersona de la frontera de arena, ese muro compuesto de ocho barreras y 2.720 kilómetros perimetrales construido por Marruecos en el Sahara Occidental para cercar un territorio ocupado ilegalmente. Porque, frente a los “mártires del 1-O”, pensamos en las más de 2.500 personas heridas, mutiladas o asesinadas por los explosivos esparcidos, también en el Sahara y entendemos que no hay comparación posible. No, la dictadura marroquí no puede equipararse al Estado al que Torra y Urkullu representan, ni los políticos presos del “prusés” a los presos políticos saharauis. Porque frente a un inexistente derecho a decidir, enarbolado por separatistas catalanes y vascos, existe el derecho inalienable de la República Árabe Saharaui Democrática a recuperar su territorio, ocupado ilegalmente por Marruecos. No hay, por tanto, equiparación posible. Por eso nos resulta vergonzoso, y doloroso también, que la autodenominada izquierda española blanquee o apoye abiertamente a un nacionalismo que es puro racismo y que denigra, con su mera existencia, a los pueblos realmente oprimidos.