Y arrojar a dios sobre la tierra

Demostrar la no existencia de dios, de las deidades, resulta tan posible como asegurar que en la despensa de mi casa (de tan solo un metro cuadrado) y situada en un quinto piso, no hay un elefante de cuatro toneladas. Puedo afirmarlo. Y puedo hacerlo sin abrir la puerta de la despensa y sin siquiera estar en casa. Podría hacerlo, incluso desde otro país. Y no erraría. De la misma forma puedo afirmar que el trueno es el sonido de la onda de choque causada por el rayo, un fenómeno natural que nada tiene que ver con Thor, que la hostia es oblea y no carne, y que el vino de la eucaristía no contiene sangre sino alcohol. Sé que la al-Hayar-ul-Aswad (la piedra negra de la Kaaba) jamás estuvo en el paraíso y que en el Olimpo no hay dioses, porque nadie que lo haya escalado los ha visto. Y así, uno a uno (como apunta Mauricio Schwarz) puedo despojar a cada dios de sus atributos, de aquello que los convierte a los ojos del creyente en seres preternaturales, puedo, como rezan los versos del poeta, arrojar a dios sobre la tierra.

Ateísmos IV

VI

Para «el pobre de espíritu» el ateísmo resulta una condena. Para el que intenta recorrer el camino de la libertad una excarcelación. Su descubrimiento es un tránsito desde lo misterioso a lo sublime, un devenir que opera como obra de arte en la vida del hombre cabal, del hombre que transforma las tinieblas en luz, el sueño en ideas, la existencia en el gozo y la muerte en la nada. Esta liberación, como apuntaba Lefèbvre, es la que debe «cumplirse para la existencia total y para la vida en su profundidad»*. Es una «revelación» de nuestro propio ser que lejos del ascetismo o la renuncia nos invita a la vida gozosa, al disfrute de «todas las cosas buenas». De nuevo Nietzsche, de nuevo Lefèbvre: el gozo profundo más allá del placer y el dolor, la existencia que se trasciende sin salir de ella misma.

VII

Por eso podemos afirmar … ¡Cuán fina es la piel del creyente! Podría decirse de este que goza de la exclusiva de la indignación. Si se ponen en solfa sus valores, credo o doctrina, se siente insultado. Tal es lo endeble de su fe. Porque, si realmente no albergase dudas ¿Por qué iban a molestarle las opiniones del ateo?. Sin embargo no son sus opiniones lo único que le incomoda. Es la mera existencia del ateo lo que no tolera ya que supone el constante recordatorio de su incertidumbre, sus sospechas, sus crisis existenciales, ese ignorado recelo de intrascendencia que aparta continuamente de su pensamiento. Por eso el creyente deshumaniza al ateo limitando su existencia a la de una “máquina” que no necesita de respuestas. Pero la realidad es bien distinta, más bien la contraria, ya que es el creyente quien vive amarrado al condicionamiento de sus normas, dogmas y obligaciones. Es éste, y no el ateo, el que permanece sujeto a una programación disfrazada de mística y buenas intenciones.

* Henri Lefebvre fue un filósofo y sociólogo de orientación marxista.

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Existencia y transcendencia II

II

Al ateo se le recrimina su falta de capacidad para dotar de sentido a la vida de la misma forma que al creyente se le tolera un total infantilismo a la hora de responder a las grandes preguntas. “Los designios de Dios son inescrutables”- .Dicen.

¡Ah, la religión ! ¡Qué gran píldora contra el pensamiento crítico! Porque, sí los deseos de Dios son inescrutables ¿Quién nos asegura que este tenga un plan para nosotros? Y, si no lo tiene ¿Para qué lo necesitamos?

III

Entonces… ¿Nuestra existencia tiene sentido sin un ser superior, sin un más allá?. ¿Y con él, la tiene? ¡Qué más da! La vida no necesita un sentido. El gato no medita sobre “el sentido de su vida” y no lo hace porque solo es un gato. He ahí la respuesta: el problema no es la vida, su sentido o la ausencia de un “más allá”. El problema es el hombre y la absurda necesidad de que su conciencia perviva.

IV

Preguntas ¿A dónde vamos después de la muerte? Allí donde estuvimos antes de nacer. ¿Lo recuerda usted? ¡Exacto! Somos un tránsito en la nada, un puente entre dos vacíos, un amanecer, un ocaso… Y no, nada hay de terrible en ello pues es durante la vida, y no después de ésta, cuando alcanzamos la transcendencia. ¿Y el alma, pervive? No, ya que sin ella nacemos aunque muchos quieran imaginarla. Es ésta una entelequia fruto de la abstracción, de nuestra mente, de la imaginación. Por eso los animales no la tienen, porque no han sido capaces de inventarla.

Así pues la vida es una recompensa en sí misma, y lo es ya que no hay un sentido exterior a ella; buscarlo es degradarla y, para nosotros, un ejemplo de lo malo, de lo perverso, de lo decadente. Ese fraudulento sentido de la existencia supone la obediencia, la sumisión a principios religiosos o morales; la esclavitud. Ese desprecio a la vida es, para el ateo, un “pecado”.

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Ateísmos I

Ateos por la gracia de Dios.

I

Sí. Ateos por la gracia de Dios. Ese camino hemos andado determinados individuos pese a haber recibido una excepcional educación religiosa: los que, en su momento, sabíamos distinguir entre exégesis y hermenéutica, los que crecimos mecidos por la escolástica vano intento, para algunos, de mezclar agua y aceite. El ateísmo no siempre nace del resentimiento hacia la iglesia, es más, si nace del resentimiento reniega de su propio fundamento: el racionalismo. Ateo católico preconciliar, así me defino yo. Porque, y bromas aparte, el mayor impulso que ha recibido el ateísmo en nuestra cultura no vino de la popularización de los textos de Nietzsche o Marx a principios del pasado siglo XX como muchos afirman. En realidad, los mayores paladines del ateísmo fueron los Papas Juan XXIII y Pablo VI (con el concilio Vaticano II como espada). Fue «la modernización de la Iglesia», el equivalente a la «democratización» de Dios, lo que socavó cualquier tipo de autoridad eclesial supeditando la religión al pensamiento.

Así, cuando se dejó de oficiar en latín conocimos que Dios era uno y Trino, que el misterio de la transustanciación crística no era un símbolo sino que, para los creyentes, suponía consumir carne y sangre del Cristo; generaciones y generaciones cristianas habían vivido sin ser conscientes de haber estado practicando el más atroz de los canibalismos. Se generó, entonces, la duda, se coló la razón más allá de la escolástica, y la masa fervorosa comenzó a cuestionarse espíritus en forma de paloma y virginidades posparto. Fue la Iglesia, con su concilio Vaticano II, la que abrió la puerta al ateísmo.

¿Lo imaginan?. De una fe basada en el misterio, la interpretación teológica de las escrituras, la liturgia en latín y la música de Bach, Vitoria o Händel , a una fe sostenida por cuatro imberbes desatados tocando la guitarrita y cantando: «Cumbaya señor, cumbaya».

Porque, y aunque todas sus incongruencias pudieran haber sido disculpadas, lo que resultó patente es el pésimo gusto musical que la Iglesia le atribuyó a Dios. Y eso, aunque no prueba su inexistencia, resulta imperdonable.

Concilio Vaticano II

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