Y arrojar a dios sobre la tierra

Demostrar la no existencia de dios, de las deidades, resulta tan posible como asegurar que en la despensa de mi casa (de tan solo un metro cuadrado) y situada en un quinto piso, no hay un elefante de cuatro toneladas. Puedo afirmarlo. Y puedo hacerlo sin abrir la puerta de la despensa y sin siquiera estar en casa. Podría hacerlo, incluso desde otro país. Y no erraría. De la misma forma puedo afirmar que el trueno es el sonido de la onda de choque causada por el rayo, un fenómeno natural que nada tiene que ver con Thor, que la hostia es oblea y no carne, y que el vino de la eucaristía no contiene sangre sino alcohol. Sé que la al-Hayar-ul-Aswad (la piedra negra de la Kaaba) jamás estuvo en el paraíso y que en el Olimpo no hay dioses, porque nadie que lo haya escalado los ha visto. Y así, uno a uno (como apunta Mauricio Schwarz) puedo despojar a cada dios de sus atributos, de aquello que los convierte a los ojos del creyente en seres preternaturales, puedo, como rezan los versos del poeta, arrojar a dios sobre la tierra.

Izquierda, laicismo y religión (tertulia)

«Si la izquierda se define por algo es por el materialismo y por el socialismo. Una apuesta por una filosofía materialista, y por una visión socialista de la política, debería ser la base de la izquierda».

José Errasti

¿Cuál es la relación actual entre izquierda y laicismo?¿Qué ha pasado para que esta se aleje (del modo en que hoy lo hace) de la razón?¿Por qué se da pábulo a determinadas creencias?¿Es la religión algo privado, personal?¿Cuál debe ser el tratamiento de las religiones en las aulas?¿Tienen cabida los símbolos religiosos en el espacio público?¿De verdad interesa el laicismo?¿Hay religiones mejores que otras?¿Es el Islam una amenaza para los derechos humanos?¿Lo es el islamismo?¿Cuál es la diferencia entre ambos?

A todas estas preguntas, y algunas otras, responde, con gran honestidad y acierto, Mimunt Hamido (escritora [1], feminista y atea educada en la tradición musulmana) José Errasti (licenciado en Filosofía, doctor en Psicología y profesor en la universidad de Oviedo) y Guillermo del Valle (abogado y columnista en Diario 16 ). Del Valle es, además, cofundador junto a Javier Maurín (moderador y presentador de la tertulia que intitula este post ) de «El Jacobino», un más que recomendable medio de difusión del pensamiento crítico que pueden ustedes seguir a través de Twitter, Facebook, Instagram y Youtube.

Les recomiendo, por tanto, que disfruten de esta tertulia. Y no solo por las respuestas que ofrece a interrogantes de enorme complejidad, también porque descubre una parte de la realidad ignorada por muchos. 

No se la pierdan

[1] «El velo exhibicionista» Mimunt Hamido Yahia / Editorial Akal; colección A Fondo. Próxima publicación el 15 enero 2021

De huesos, gusanos y átomos

Religiones, agnosticismo y superchería II

Pero no solo los monoteísmos son nocivos. El budismo, por ejemplo, también los es. Sustentado en un aura mística y en ese buenismo idiota, tan de moda en esto que llamamos occidente, solo sirve a la pretensión de inmortalidad, a un último intento de huir de la extinción. Lo que atrae al anglosajón o al hispanohablante del budismo no es el Nirvana (la dilución en el todo, la nada a fin de cuentas) sino el Samsara, la reencarnación, la supervivencia que siempre, y en función del buen Karma, se pretende mejor. Es un especie de «evolucionismo espiritual» , un infantilismo religioso que se revela una doctrina con futuro, sobre en los caracteres propensos a posponerlo todo a mañana: «será en otra vida». Pero no, no será nada más allá de huesos, gusanos y, con el tiempo, átomos.

Ateísmos IV

VI

Para «el pobre de espíritu» el ateísmo resulta una condena. Para el que intenta recorrer el camino de la libertad una excarcelación. Su descubrimiento es un tránsito desde lo misterioso a lo sublime, un devenir que opera como obra de arte en la vida del hombre cabal, del hombre que transforma las tinieblas en luz, el sueño en ideas, la existencia en el gozo y la muerte en la nada. Esta liberación, como apuntaba Lefèbvre, es la que debe «cumplirse para la existencia total y para la vida en su profundidad»*. Es una «revelación» de nuestro propio ser que lejos del ascetismo o la renuncia nos invita a la vida gozosa, al disfrute de «todas las cosas buenas». De nuevo Nietzsche, de nuevo Lefèbvre: el gozo profundo más allá del placer y el dolor, la existencia que se trasciende sin salir de ella misma.

VII

Por eso podemos afirmar … ¡Cuán fina es la piel del creyente! Podría decirse de este que goza de la exclusiva de la indignación. Si se ponen en solfa sus valores, credo o doctrina, se siente insultado. Tal es lo endeble de su fe. Porque, si realmente no albergase dudas ¿Por qué iban a molestarle las opiniones del ateo?. Sin embargo no son sus opiniones lo único que le incomoda. Es la mera existencia del ateo lo que no tolera ya que supone el constante recordatorio de su incertidumbre, sus sospechas, sus crisis existenciales, ese ignorado recelo de intrascendencia que aparta continuamente de su pensamiento. Por eso el creyente deshumaniza al ateo limitando su existencia a la de una “máquina” que no necesita de respuestas. Pero la realidad es bien distinta, más bien la contraria, ya que es el creyente quien vive amarrado al condicionamiento de sus normas, dogmas y obligaciones. Es éste, y no el ateo, el que permanece sujeto a una programación disfrazada de mística y buenas intenciones.

* Henri Lefebvre fue un filósofo y sociólogo de orientación marxista.

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Existencia y transcendencia II

II

Al ateo se le recrimina su falta de capacidad para dotar de sentido a la vida de la misma forma que al creyente se le tolera un total infantilismo a la hora de responder a las grandes preguntas. “Los designios de Dios son inescrutables”- .Dicen.

¡Ah, la religión ! ¡Qué gran píldora contra el pensamiento crítico! Porque, sí los deseos de Dios son inescrutables ¿Quién nos asegura que este tenga un plan para nosotros? Y, si no lo tiene ¿Para qué lo necesitamos?

III

Entonces… ¿Nuestra existencia tiene sentido sin un ser superior, sin un más allá?. ¿Y con él, la tiene? ¡Qué más da! La vida no necesita un sentido. El gato no medita sobre “el sentido de su vida” y no lo hace porque solo es un gato. He ahí la respuesta: el problema no es la vida, su sentido o la ausencia de un “más allá”. El problema es el hombre y la absurda necesidad de que su conciencia perviva.

IV

Preguntas ¿A dónde vamos después de la muerte? Allí donde estuvimos antes de nacer. ¿Lo recuerda usted? ¡Exacto! Somos un tránsito en la nada, un puente entre dos vacíos, un amanecer, un ocaso… Y no, nada hay de terrible en ello pues es durante la vida, y no después de ésta, cuando alcanzamos la transcendencia. ¿Y el alma, pervive? No, ya que sin ella nacemos aunque muchos quieran imaginarla. Es ésta una entelequia fruto de la abstracción, de nuestra mente, de la imaginación. Por eso los animales no la tienen, porque no han sido capaces de inventarla.

Así pues la vida es una recompensa en sí misma, y lo es ya que no hay un sentido exterior a ella; buscarlo es degradarla y, para nosotros, un ejemplo de lo malo, de lo perverso, de lo decadente. Ese fraudulento sentido de la existencia supone la obediencia, la sumisión a principios religiosos o morales; la esclavitud. Ese desprecio a la vida es, para el ateo, un “pecado”.

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