Activismo semántico

«Puede usted sentirse un oso, pero no me llame fóbico si pienso que no lo es» (Frase atribuida a Vladímir Putin)

Llamamos activismo semántico a la necesidad, casi patológica, de comunicar vacuidades mediante la invención de palabras o la adición de morfemas a algunas preexistentes. Para que me entiendan, un activista semántico utilizará palabras como:  postespacialidad, hipercontemporaneidad, multivocalidad, plurinacionalidad, heterosexismo, sororidad, identitarismo-autodesignado, cisexualidad, poliamorosidad, heteronormatividad, transanimalismo, zoosexualidad, etcétera, etcétera, etcétera; términos que, en ocasiones, reivindican un pretendido «derecho inalienable de los idiotas» a que la sociedad adopte sus paranoias como realidad.

Expresado en su idioma: «esta interaccionalidad lingüístico-estructural se circunscontextualiza en personas contra-heteronormativas (binarias o no) y con capacidades cognitivas distintas a las sociorreguladas por el canon heteropatriarcal, ya que deconstruye su primigenia concepción ideológica hasta alcanzar un postmarxismo inclusivo, multicultural y de género desde una perspectiva de significantes establecida por un laclaumouffeismo direccionado a la hegemonía ecopacifista».

En español, opresor pero entendible: el activismo semántico es un atentado contra la lengua perpetrado por sujetos y sujetas de distinto pelaje, ralea y condición (pero de una debilidad mental fuera de toda duda) que confunden “ser de izquierdas” con la estupidez de lo políticamente correcto o el considerarse “dialogantes y pacíficos”. 

Ya lo anticipó Gustavo Bueno:  “habría que quitar a Lenin de la izquierda y poner al Papa”.

Por eso, este activismo semántico, ligado siempre a mierdas culturales e identitarias, resulta imprescindible si lo que se pretende es el ingreso en el círculo social de esos bípedos exquisitos y reivindicativos que luchan contra la apropiación cultural mientras se inflan a Sushi. Sushi que, por cierto, les acaba de traer un “rider”, esclavo de una multinacional y que, en esta ocasión, resulta ser negro. Y aquí sí, aquí saltan indignados, y llaman a la empresa de reparto elevando su más enérgica protesta porque no están dispuestos a colaborar con la perpetuación de ese asimilacionismo cultural que obliga a un miembro de una minoría étnica a adoptar el idioma, los valores, las normas y las señas de identidad de una cultura dominante, fascista y opresora como la española. ¡Faltaría más! ¡Menudo atentado contra la convivencia y la diversidad inter o multicultural! 

El próximo esclavo mándenlo blanco, gracias 

Puerto de Hierro

Fragmento del epílogo

Como imaginaran ustedes, los últimos (y apocalípticos) acontecimientos van a retrasar, aún más, la publicación de mi libro, Puerto de Hierro, que tenía previsto su lanzamiento para marzo. No obstante y ante tanta ola solidaria (y tanto activismo de aplauso y cacerola) me parece oportuno publicar un fragmento, muy corto, de su epílogo. Espero que les guste.

«No hay conjuras, complots, conspiraciones o planes ocultos. Hay necesidades de mercado y respuestas instigadas por el capitalismo. Su impunidad es tal que no necesita ocultarse. Ha sabido acabar con toda oposición anulando el pensamiento crítico. Y lo ha hecho, en muchas ocasiones, dominando el lenguaje; de facto, en España ganó una de sus más importantes batallas cuándo consiguió que llamaramos “huelga feminista” [1], a un paro promovido y respaldado por administraciones públicas y empresas.

El sistema ha sabido subyugar a la sociedad, dividiéndola en minorías enfrentadas que tienen como común denominador “la opresión”, pero no al opresor. Es este otro triunfo semántico en el que el tirano cambia a medida que lo hace la “identidad” del “oprimido, enfrentando mujer a heteropatriarcado, negro a blanco, transexual a feminista [2], emigrante a Estado, ateo a creyente, homosexual a religioso [3], etcétera, etcétera, etcétera. Divide et vinces. Nada nuevo bajo el sol. Y mientras tanto el capitalismo, único opresor cierto, se escapa de la ecuación porque ninguna izquierda lo cuestiona como sistema; solo se pretende que sea más amigable, más friendly, más cool. Es el deseo húmedo de “Buenafuentes y Bop Pops”, esos que predican y nos indican el camino a seguir para ser políticamente aceptables, mientras callan ante la política laboral de la multinacional que les contrata. Mi amigo Guillermo del Valle lo explica así:

grandes medios de comunicación privados y grandes multinacionales se paralizan cuando hay cualquier reivindicación identitaria. Algunos de los y las más progresistas del lugar, la quintacolumna de cualquier algarada, piden la cena desde su casa a Deliveroo o Glovo, que les envía un esclavo ahora llamado falso autónomo, que suele ser un varón, aunque su novia sea una kelly igual de jodida que él, o cajera en un supermercado echando horas extras sin parar, y sin cobrar ni por supuesto cotizar. Algunos de los y las más progresistas del lugar prefieren buscar el airbnb de turno, o la última ganga de la falsa economía colaborativa aunque sepan que destroza puestos de trabajo y condena a la explotación a muchos. Hombres y mujeres”.

Por eso, corporaciones tan filantrópicas como las propietarias de Facebook y Twitter invierten muchísimo dinero en que, tanto usted como yo, tengamos una sólida herramienta de protesta. Así, ante cualquier injusticia (un despido improcedente, un ERE, un desahucio o una sentencia que recorte nuestros derechos laborales) nos decimos: ¡se van a enterar! Y entramos en Facebook o en Twitter para arremeter contra la administración, el banco, la empresa o el jefe que, esa noche, no duerme. Y no porque le preocupe o le importe una higa nuestro ácido, hiriente e ingenioso tuit, sino porque se ha ido de fiesta o no tiene sueño. Pero además, si somos super activistas , como los yankis de la izquierda californiana, convocaremos una “manifa guay (pasando de sindicatos que para eso está el Whatsapp) a la que, con suerte, acudirán algunos amiguetes, dos blogueros y cuatro gatos más. Un enorme exitazo, si de lo que se trata es de acabar con la militancia sustituyendola por el “activismo”.

Y todo esto si es jueves, porque, si es lunes, tocará manifestarse contra la opresión de los pueblos vasco y catalań [4]. Da lo mismo que Cataluña y País Vasco sean regiones que gocen de las mayores cuotas de autogobierno de Europa, que sean de las más descentralizadas y ricas [5]. Hemos asumido como de “izquierdas”, el discurso burgués del independentismo, equiparando a naciones realmente oprimidas con una Cataluña que, hasta hace poco, acumulaba el 30 % del PIB nacional; o un País Vasco que sigue recibiendo un cupo extra, gracias a un “opresor español” , Cánovas del Castillo, que estableció en febrero de 1878 una forma de recaudación “provisional” (debería haber terminado en marzo de 1886) con el objeto de que, progresivamente, los ciudadanos de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya contribuyeran a la hacienda pública, según sus posibilidades, al igual que lo hacía el resto de los españoles. A día de hoy todavía no se ha conseguido.

Cuando se pretende la ruptura de un Estado a través de la secesión de parte de su territorio son los derechos de todos los ciudadanos los que están en juego; es ese territorio político común de solidaridad y libertades (y no existe idea más socialista que esta, la del espacio político común) el que resulta atacado por esa fuerzas reaccionarias y tribales que, disfrazadas de izquierdismo, pretenden decidir sobre lo que es de todos amparándose en derechos feudales, otorgados por algún monarca caduco, y heredados en virtud de la raza, el nacimiento o el lugar de residencia. ¿Hay algo más retrógrado que esto?

Así es como, sin necesidad de complots, el capitalismo va sumando victorias. Con la maquinaria mediática a su servicio y una cohorte de colaboracionistas, algunos involuntarios, que sin prisa, pero sin pausa, vacían a la izquierda de contenido, enfrentan a la clase trabajadora o favorecen la quiebra de Estados procurando una seguridad social depauperada, una sanidad pública que no funciona, una Hacienda pobre, unas pensiones ridículas, un mal reparto impositivo o un gobierno títere incapaz de legislar sobre falsos autónomos, abusos patronales, etcétera.

Olvídense de conspiraciones. Porque, ante la evidencia, las conjuras masónicas quedan solo para las novelas»

[1] La huelga (exceptuando la de hambre que es un medio de reivindicación política) solo puede darse en el contexto de un conflicto laboral ya que esta supone el cese de la producción por parte de los asalariados en aras de una reivindicación circunscrita al ámbito del trabajo y no a otra cosa. La llamada “huelga feminista”, cuyos motivos no cuestiono, supuso el paro de la actividad por parte de administraciones y empresas (prácticamente un cierre patronal) y el que miles de personas dejaran momentáneamente de trabajar por circunstancias ajenas a lo laboral. Esto resultó un triunfo más del capitalismo frente al movimiento obrero ya que desprovee a este de su mejor arma de protesta, la huelga. Cuando cualquier reivindicación política o ideológica, de cualquier tipo o espectro, justa o no, equipara un paro de protesta a huelga, vacía de significado esta palabra. Como vemos, el lenguaje y su uso es fundamental a la hora de manipular a ese ente abstracto conocido como “opinión pública”.

[2] Las feministas descalificadas como TERF (trans-exclusionary radical feminist) niegan la condición de mujer a las transexuales. A esta corriente se la conoce, también, como Feminismo Crítico de Género o RadFem. Por su parte existen colectivos Trans que reniegan del feminismo.

[3] El periódico The Guardian recogió en marzo de 2019 la noticia de que la escuela comunitaria Parkfield en Saltley, Birmingham, U.K., tuvo que suspender un programa dirigido a niños de 4 a 11 años de edad titulado «No Outsiders». El taller pretendía acabar con la discriminación de homoxesuales en el entorno escolar. La negativa de los padres, la mayoría musulmanes, a que se realizara acabó imponiéndose. Esta noticia no es un caso aislado y el enfrentamiento entre identidades, minorías o distintos relatos resulta cada vez más frecuente.

[4] Los procesos separatistas se producen en función de unos inexistentes “derechos territoriales” que suelen sustentarse en privilegios medievales (forales) otorgados por una extinta monarquía absoluta. A este respecto cabe destacar que el nacionalismo es siempre la anti-izquierda. Porque la nación política nace cuando al privilegio (“el trono y el altar”) se enfrenta la nación ”unida e indivisible” de ciudadanos libres, iguales y fraternos. A este concepto de nación (que nace cuándo lo hace la izquierda y de esta) se enfrenta ese otro, retrógrado y cavernario, basado en la lengua, la cultura, el origen y la raza (nación étnica) que defienden los nacionalismos españoles: catalán, vasco, valenciano, gallego… degradando a sus respectivas regiones a la categoría de tribu.

[5] A algunos nos resulta profundamente inmoral y descorazonador considerar “oprimidas” a estas regiones españolas. Quizá porque contraponemos, frente a las siete empresas catalanas del IBEX los 7.000.000 de minas antipersona de la frontera de arena, ese muro compuesto de ocho barreras y 2.720 kilómetros perimetrales construido por Marruecos en el Sahara Occidental para cercar un territorio ocupado ilegalmente. Porque, frente a los “mártires del 1-O”, pensamos en las más de 2.500 personas heridas, mutiladas o asesinadas por los explosivos esparcidos, también en el Sahara y entendemos que no hay comparación posible. No, la dictadura marroquí no puede equipararse al Estado al que Torra y Urkullu representan, ni los políticos presos del “prusés” a los presos políticos saharauis. Porque frente a un inexistente derecho a decidir, enarbolado por separatistas catalanes y vascos, existe el derecho inalienable de la República Árabe Saharaui Democrática a recuperar su territorio, ocupado ilegalmente por Marruecos. No hay, por tanto, equiparación posible. Por eso nos resulta vergonzoso, y doloroso también, que la autodenominada izquierda española blanquee o apoye abiertamente a un nacionalismo que es puro racismo y que denigra, con su mera existencia, a los pueblos realmente oprimidos.

Su última voluntad

Advertencia: si leyendo este cuento se siente usted ofendido (u ofendida) … ¡Pare!  Puede relajarse, empoderar su ego y controlar la indignación refugiándose en este ESPACIO SEGURO que pongo a su disposición. Es un punto libre de maltrato animal a la par que multicultural, homomatriarcal y anti-machirulo. Además, cuenta con el beneplácito de Lucía Etxebarria, Karmele Marchante y Anabel Alonso.

I

Todo aquello era raro. Pero raro, raro, raro. Poco habitual (para que nadie se ofenda). De hecho era tan extraordinario como toparse con una rana con pelo o un peruano calvo. Inusitado. Y es que, aunque Luna “se sabía existente”,  desconocía su estado: ¿Estaba muerta, abducida, viva pero en coma … ? ¿Dónde estaba? ¿Qué estaba pasando?

– Fátima, Fátima… –  era la voz de su abuelo –  ¿Me oyes, princesa?

-No se llama Fátima – dijo Frida – se llama Luna. Sabes que se cambió el nombre porque Fátima le parecía apropiación cultural. Y tampoco la llames princesa. ¡Menudo estereotipo de género! Es un micromachismo de libro. Menos mal que no puede oír ninguna de tus machiruladas – masculló la chica entre dientes.

-Hay que joderse. – gritó el viejo- ¡Yo a mi nieta la llamo como me sale de los huevos, palurda!.

– ¡Fascista, falócrata, chupa escrotos…!

II

Luna por fin lo supo: estaba en coma. Escuchaba a Manolo, su abuelo, y a Frida (antes Vanessa) su compañera de poliamor. Y no le gustaba lo que oía; no quería que discutieran. Le molestaba que Frida llamara a su abuelo fascista porque éste, detenido en innumerables ocasiones como consecuencia  de sus muchos años de militancia comunista, había llegado a pagar con cárcel su participación en la firma del primer convenio colectivo de la España franquista: el de Altos Hornos en el 61 (*1). Y es que, su abuelo Manolo siempre había militado en el PCE; aunque el año pasado rompiera el carné. Le había contado a Luna que en una reunión del partido a la que sólo asistieron hombres, el tío que manejaba el cotarro, un zamarro de poblados cojones y espesa barba, se dirigió a la concurrencia, exclusivamente masculina, en estos términos: “compañeras, bienvenidas. Nosotras…» * (2)

Sí – pensó Luna –  Frida tiene razón. El abuelo es un fascista. Poca solidez debía tener su militancia cuando ha sido superada por su machismo. Nota mental: debo  recordar esta frase para compartirla en el próximo aquelarre, la sororidad de…¡Para!. Un sonido de pasos interrumpió su pensamiento.

III

– Va a morir – oyó. ¿Quién había dicho eso?¿De quién era esa voz?

El padre de Luna acababa de entrar en la habitación.

– ¿Seguro? – musito entre sollozos.

– Seguro – dijo el médico con voz afligida, esa voz que Luna no era capaz de reconocer

-Le quedan unas horas. Lo siento pero sin tratamiento…

La cabeza de Luna no paraba de cavilar. ¡Imposible! – pensaba – Debe tratarse de un error médico. Sí; eso es. Desde que me diagnosticaron el cáncer he llevado una estricta dieta vegana. Últimamente he practicado el ayuno y … ¡Me encontraba bien!, mucho mejor que si me hubieran dado quimio o radioterapia. ¡No es justo!  Trabajé mis conflictos interiores, esos que provocaron los tumores, quemé Karma, y todos los días tomé la tintura de cardo mariano que me recomendó Pàmies. No. Estoy convencida. ¡No voy a morir!. 

IV

A Luna (Fátima para la familia) no la enterraron. Tampoco pasó por el crematorio. ¿Sabían que, en 2030, las incineraciones arrojarán a la atmósfera hasta 250 kilos de dióxido de carbono?. No, Luna no quería eso. Su cadáver se introdujo, junto a diversos residuos vegetales, en un recipiente cilíndrico que mantenía una temperatura constante de casi 70 grados. Compost. Abono para el planeta. Esa había sido su última voluntad: fertilizar con sus restos el huerto comunal, urbano y solidario donde tanto tiempo había pasado plantando acelgas.

Epílogo

Frida gritaba: ¿Solo eso? ¿Solo puedes abonar eso?

Y ¿Qué quieres? – respondió el currito con chulería. –  Normalmente – dijo, vacilando de conocimientos – el compostaje de fiambres deja un metro cúbico de abono pero….

Frida miró con asco al maromo. Lo tenían contratado para que les asesorará en el huerto pero en realidad era él quien hacía todo el trabajo; por eso le consentía esa superioridad heteropatriarcal.

– ¿Pero qué? – insistió Frida

– Pues eso  – dijo el currela mientras se masajeaba los huevos de arriba a bajo – que con tanto veganismo, tanto ayuno y tanta hostia, mucha “chicha” tu compi no tenía, no. Así que, esto es lo que hay. ¿Abono el Bonsai o no?

FIN

*1 «Conflicto y cultura de negociación en Altos Hornos de Sagunto. 1959 – 1975″ Puerto de Sagunto ,“Factory-Town” . María Hebenstreit. Universidad de Leipzig.

*2_ “compañeras, bienvenidas. Nosotras…» Algo muy parecido a este fragmento del cuento se lo escuche a Santiago Armesilla en una mágnifica conferencia: «La izquierda indefinida en la España del presente». Pueden ustedes escuchar la anécdota en este vídeo de Youtube y en este minutaje : 1 hora, 30 minutos, 25 segundos. No obstante les aconsejo que disfruten de la conferencia en su totalidad, sinceramente vale la pena

*3_ Sobre esta amalgama de terapias: #Pseudociencias

*¿Qué es un espacio seguro?: Espacios seguros y la nueva segregación

Siguiente cuento: El discurso de Abascal