Puerto de Hierro / Jaime Goig & Guillermo del Valle

Entrevista realizada (29 /12/ 2020 para «El Jacobino» ) por Guillermo del Valle. Presentación del facticio de Jaime Goig: Puerto de Hierro; Masonería, Nacionalismo y Falsa Izquierda (tratado de ingeniería social).

Escoja usted verdugo, por favor

“Lo más siniestro de la democracia es que permite elegir, supuestamente de forma libre, a los presuntos verdugos que pueden gestionar una catástrofe”                         

Jesús G. Maestro

La democracia, «nuestro sistema de gobierno», esa que algunos ya hemos asumido como cadáver, se sostiene únicamente en tres pilares : el mercado, el miedo y la oclocracia de partido.

La ilusión de soberanía, de «libre albedrío» en nuestras decisiones, es una engañosa «libertad de adquisición» de los distintos bienes y servicios que ofrece el mercado. A no ser que sea usted pobre, claro. Porque entonces no dispondrá siquiera de esa ilusión y, a la hora de tener, lo único que tendrá será miedo. Miedo a no poder alcanzar aquellos productos que, por esenciales, resultan imprescindibles para mantener un modelo aceptable de subsistencia.

Pero existe, además, una tercera persona que completa esa trinidad sistémica dedicada a pastorear a las masas: la oclocracia de partido. Esta última encarnación resulta de gran ayuda, por consoladora; no podrá usted comer pero estará en disposición de escoger a un memo, el que un partido político, ese al que usted vota, haya elegido para apacentarle.

Así que ¡Enhorabuena! Y escoja usted verdugo, por favor.

Cuando la Nación nos salve

No lo duden ustedes,
Será nuestra Nación la que nos salve:
Aquel hombre que friega atestados pasillos
O la auxiliar que limpia esos cuerpos postrados

Será el agotamiento de la médico en prácticas
Quien ofrezca relevo al veterano exhausto
Pues no importan las horas, minutos o segundos:
transformaran, unidos, en vecino al enfermo

No serán las palabras, ni las frases hermosas,
Que será nuestra gente quien nos libre del orco
Combatiendo a la muerte con trabajo y esfuerzo
O a golpe de inventiva, como siempre hemos hecho

Cosiendo mascarillas, fabricando viseras,
Compartiendo sonrisas, fatigas y esperanzas..,
Y si, entre nuestras filas, se esconden miserables
La Nación los desprecia unida y solidaria

Labradores, soldados, científicos, obreros,
Transportistas, taxistas, panaderos, tenderos …
Mujeres y hombres, buenos, de todas las regiones,
de todos los rincones de esta tierra gastada

Ellos son la Nación, la reunión de todos;
Ellos son la Nación,
La Nación que nos salva

“La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”.

Constitución Española de 1812

Lo bueno o lo malo (un cuento bestia)

I

Siempre mantuvo que lo suyo no era cosa de magia aunque insistía en que, si nos contaba la verdad no íbamos a creerle, ni siquiera a entenderle. Sin embargo a veces, cuándo bebía demasiado, repetía nombres absolutamente desconocidos para nosotros: Tegmark, Smolin… – balbuceaba – y hablaba de cosas absurdas que nadie entendía; como aquellos rarísimos multiversos autorreproductores de nivel dos y los no menos extraños universos bebé. Pero todas aquellas locuras fruto, seguramente, del abuso del alcohol y de unos conocimientos ajenos a nuestra limitada cultura no suponían, para nosotros, ninguna explicación a esa conciencia tan preclara que Weise (así se hacía llamar el tipo) mostraba hacia el porvenir. Un conocimiento que le granjeó el respeto de los habitantes de nuestra pequeña y preciosa aldea ya que, siendo honestos, siempre utilizó su sapiencia en beneficio de la comunidad. Por eso los acontecimientos que se produjeron aquel aciago día de abril sorprendieron, conmocionaron y espantaron, a todos los vecinos del pueblo. 

II

Clara sujetaba al bebé en brazos. Era su cuarto hijo y, aunque el parto no había sido tan duro como los demás, estaba exhausta. Aún así, aquel niño le parecía la criatura más bella del mundo. Además,  había depositado grandes esperanzas en el nuevo vástago dado lo peculiar de su historia familiar que, durante algún tiempo, fue la comidilla de la aldea. Clara era la tercera mujer de su primo, lo que hizo de ella diana de todos los comentarios, chascarrillos y maledicencias por parte de sus vecinos cuando éste, que además era hijo ilegítimo, la desposó. Sin embargo, y pese a la rigidez y el mal carácter de él, la vecindad, con este cuarto hijo, había aceptado por fin a la pareja.

III

Era 23 de abril. El bebé solo contaba con unos días de existencia cuando media aldea se reunió, en la apacibilidad de aquella pulcra casa burguesa, para dar la bienvenida a la nueva alma que pronto corretearía por las empedradas y silentes calles cercanas a la esbelta torre de la Iglesia. Weise llegó a la casa. Traía el semblante serio, preocupado, triste, una actitud que contrastaba con lo festivo del momento. Casi sin pausa, el misterioso sabio saludó al padre, besó a la madre y pidió que le dejaran coger al bebé. Y así se hizo.

Weise sostenía con firmeza la cabeza del retoño mientras, con la otra mano, jugueteaba con sus manitas y acariciaba los dedos del niño. Entonces se agachó, acercó sus labios al tierno oído del niño y musitó: perdona. Fue entonces cuándo le partió el cuello.

Epílogo

Habían pasado tres meses desde  el asesinato. Weise esperaba su condena en una oscura celda sin pronunciar palabra, sin alzar la mirada, sin intentar justificar o aclarar un acto que, por otra parte carecía, de explicación. Al mismo tiempo, Clara testificaba ante la autoridad competente. El nervioso y joven funcionario que le tomaba declaración, muy afectado también por el horrible crimen, procuraba dirigirse a la destrozada madre con la mayor delicadeza posible y así, movido por la ternura o quizá por la inexperiencia, le preguntó: y, señora Hitler, ¿Qué nombre pensaba ponerle al niño?. Adolf – dijo ella – Pensaba llamarle Adolf.   

Cuento anterior: el discurso de Abascal.