Escoja usted verdugo, por favor

“Lo más siniestro de la democracia es que permite elegir, supuestamente de forma libre, a los presuntos verdugos que pueden gestionar una catástrofe”                         

Jesús G. Maestro

La democracia, «nuestro sistema de gobierno», esa que algunos ya hemos asumido como cadáver, se sostiene únicamente en tres pilares : el mercado, el miedo y la oclocracia de partido.

La ilusión de soberanía, de «libre albedrío» en nuestras decisiones, es una engañosa «libertad de adquisición» de los distintos bienes y servicios que ofrece el mercado. A no ser que sea usted pobre, claro. Porque entonces no dispondrá siquiera de esa ilusión y, a la hora de tener, lo único que tendrá será miedo. Miedo a no poder alcanzar aquellos productos que, por esenciales, resultan imprescindibles para mantener un modelo aceptable de subsistencia.

Pero existe, además, una tercera persona que completa esa trinidad sistémica dedicada a pastorear a las masas: la oclocracia de partido. Esta última encarnación resulta de gran ayuda, por consoladora; no podrá usted comer pero estará en disposición de escoger a un memo, el que un partido político, ese al que usted vota, haya elegido para apacentarle.

Así que ¡Enhorabuena! Y escoja usted verdugo, por favor.

Cuando la Nación nos salve

No lo duden ustedes,
Será nuestra Nación la que nos salve:
Aquel hombre que friega atestados pasillos
O la auxiliar que limpia esos cuerpos postrados

Será el agotamiento de la médico en prácticas
Quien ofrezca relevo al veterano exhausto
Pues no importan las horas, minutos o segundos:
transformaran, unidos, en vecino al enfermo

No serán las palabras, ni las frases hermosas,
Que será nuestra gente quien nos libre del orco
Combatiendo a la muerte con trabajo y esfuerzo
O a golpe de inventiva, como siempre hemos hecho

Cosiendo mascarillas, fabricando viseras,
Compartiendo sonrisas, fatigas y esperanzas..,
Y si, entre nuestras filas, se esconden miserables
La Nación los desprecia unida y solidaria

Labradores, soldados, científicos, obreros,
Transportistas, taxistas, panaderos, tenderos …
Mujeres y hombres, buenos, de todas las regiones,
de todos los rincones de esta tierra gastada

Ellos son la Nación, la reunión de todos;
Ellos son la Nación,
La Nación que nos salva

“La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”.

Constitución Española de 1812

Lo bueno o lo malo (un cuento bestia)

I

Siempre mantuvo que lo suyo no era cosa de magia aunque insistía en que, si nos contaba la verdad no íbamos a creerle, ni siquiera a entenderle. Sin embargo a veces, cuándo bebía demasiado, repetía nombres absolutamente desconocidos para nosotros: Tegmark, Smolin… – balbuceaba – y hablaba de cosas absurdas que nadie entendía; como aquellos rarísimos multiversos autorreproductores de nivel dos y los no menos extraños universos bebé. Pero todas aquellas locuras fruto, seguramente, del abuso del alcohol y de unos conocimientos ajenos a nuestra limitada cultura no suponían, para nosotros, ninguna explicación a esa conciencia tan preclara que Weise (así se hacía llamar el tipo) mostraba hacia el porvenir. Un conocimiento que le granjeó el respeto de los habitantes de nuestra pequeña y preciosa aldea ya que, siendo honestos, siempre utilizó su sapiencia en beneficio de la comunidad. Por eso los acontecimientos que se produjeron aquel aciago día de abril sorprendieron, conmocionaron y espantaron, a todos los vecinos del pueblo. 

II

Clara sujetaba al bebé en brazos. Era su cuarto hijo y, aunque el parto no había sido tan duro como los demás, estaba exhausta. Aún así, aquel niño le parecía la criatura más bella del mundo. Además,  había depositado grandes esperanzas en el nuevo vástago dado lo peculiar de su historia familiar que, durante algún tiempo, fue la comidilla de la aldea. Clara era la tercera mujer de su primo, lo que hizo de ella diana de todos los comentarios, chascarrillos y maledicencias por parte de sus vecinos cuando éste, que además era hijo ilegítimo, la desposó. Sin embargo, y pese a la rigidez y el mal carácter de él, la vecindad, con este cuarto hijo, había aceptado por fin a la pareja.

III

Era 23 de abril. El bebé solo contaba con unos días de existencia cuando media aldea se reunió, en la apacibilidad de aquella pulcra casa burguesa, para dar la bienvenida a la nueva alma que pronto corretearía por las empedradas y silentes calles cercanas a la esbelta torre de la Iglesia. Weise llegó a la casa. Traía el semblante serio, preocupado, triste, una actitud que contrastaba con lo festivo del momento. Casi sin pausa, el misterioso sabio saludó al padre, besó a la madre y pidió que le dejaran coger al bebé. Y así se hizo.

Weise sostenía con firmeza la cabeza del retoño mientras, con la otra mano, jugueteaba con sus manitas y acariciaba los dedos del niño. Entonces se agachó, acercó sus labios al tierno oído del niño y musitó: perdona. Fue entonces cuándo le partió el cuello.

Epílogo

Habían pasado tres meses desde  el asesinato. Weise esperaba su condena en una oscura celda sin pronunciar palabra, sin alzar la mirada, sin intentar justificar o aclarar un acto que, por otra parte carecía, de explicación. Al mismo tiempo, Clara testificaba ante la autoridad competente. El nervioso y joven funcionario que le tomaba declaración, muy afectado también por el horrible crimen, procuraba dirigirse a la destrozada madre con la mayor delicadeza posible y así, movido por la ternura o quizá por la inexperiencia, le preguntó: y, señora Hitler, ¿Qué nombre pensaba ponerle al niño?. Adolf – dijo ella – Pensaba llamarle Adolf.   

Cuento anterior: el discurso de Abascal.

¿Cáncer? No me sea macarra y muérase usted friendly

La sociedad occidental vive anclada en la negación de la realidad. Vive enferma de estupidez crónica, víctima de lo políticamente correcto. Oculta que la existencia no sólo supone confort y «felicidad para el rebaño» sino, también, enfermedad, dolor y muerte. Tanto es así que, los adalides de la indigencia intelectual han comenzado una campaña lenta, pero constante, para hacer desaparecer del lenguaje términos que puedan recordar al sufrimiento o la muerte. En esta nueva «ofensiva» del “pensamiento Alicia” participa, muy activamente, el periódico “El País” aleccionándonos, desde su altura moral auto concedida, con titulares tan taxativos y «pontificantes» como el siguiente : «Por qué es un error llamar guerra al cáncer y héroe a quien se cura». Y ustedes se preguntaran: sí, ¿por qué es un error? No se preocupen; la “periodista” que firma el artículo lo aclara, desde su púlpito de la modernidad y desgranando perlas como ésta: «Quienes no superan la enfermedad, ¿es que no han luchado suficiente, no han estado a la altura en el campo de batalla?» ¿Además de canceroso perdedor, vencido? ¡Qué horror! (esto último es mío). En fin que, para que esto del cáncer sea más friendly, se nos propone : “limitar la palabra cáncer en el vocabulario de los médicos, y reservarla para los casos más graves… se puede sustituir por expresiones como «microtumor» o «células anormales». Es decir, mintamos al enfermo y tratémoslo como si tuviera la edad mental de un niño de cinco años. Otra vez el intento de sustituir la realidad por el relato.

El principal argumento de este «opúsculo» firmado, sin pudor, por Verónica Palomo, ni siquiera es nuevo. Rescata un pasaje (el que le conviene) de «Las Enfermedades y sus Metáforas» un ensayo de Susan Sontag (intelectual atea, norteamericana fallecida de Leucemia y síndrome mielodisplásico) que, publicado a principios de los 80, abarca aspectos mucho más complejos e incisivos que los, únicamente, recogidos por ese periódico. Un ensayo que, por otra parte, no deja de ser una opinión, tan autorizada como la de cualquier otro enfermo de cáncer. Se citan además, como fuentes de toda solvencia, a «algunas asociaciones», revistas especializadas en medicina, un par de psicólogos y, creo recordar, una lingüista. Un desbordante trabajo de investigación para concluir que, menos hablarle en términos bélicos (sólo apropiados para macarras) al enfermo de cáncer se le puede decir casi cualquier cosa : «hay que intentar descubrir cuáles son las metáforas de cada paciente, porque las generalizadas no funcionan”. ¡Menos oncólogos y más literatos!

Y, por supuesto, eso de mantener una actitud positiva ¡Prohibidísimo! que lo “normal es tener emociones negativas y hay que ser capaces de recogerlas”. De superarlas no, de recogerlas. Y, además, cuanto más llore el enfermito menos mea. Todo son ventajas.

Lamentablemente, a la “periodista” parece preocuparle poco la opinión de los oncólogos sobre la depresión en pacientes de cáncer o la actitud de los muchos afectados que coincidimos en las salas de espera de Quimio o Radioterapia y que hablamos de «luchar», de «no rendirnos» o de «batalla» porque son símiles o metáforas apropiadas a nuestro estado. Tenemos todo el derecho del mundo a hacerlo, y los médicos y profesionales de la comunicación también. Pero la tendencia es otra porque la pretensión es distinta: si no se puede ocultar la enfermedad, dulcifiquemosla. Lo han conseguido, por ejemplo con el cáncer de mama al que llaman «rosa» basándose en un manido “rol de género” que, sin embargo, no parece soliviantar a muchas feministas: las niñas rosa, los niños… ¡Azul!, ahora al cáncer de próstata deberíamos llamarlo azul. Y… ¿Qué color le ponemos al de cáncer de Huevos? ¿Blanco o amarillo? ¿Puede haber mayor estupidez?

La enfermedad, el sufrimiento y la muerte son partes consustanciales de la vida y, haríamos todos bien en transmitirlo con la dureza, la franqueza y ,por qué no, también con la belleza que implica. Hablar del cáncer como guerra o batalla no es hablar de vencedores o vencidos, de triunfadores o perdedores. Eso queda para los necios. Cuando hablamos en términos “bélicos” expresamos nuestras alternativas, que no son muchas: o te curas o te mueres. O en algunos casos sobrevives ligado a estrictos controles y medicación. Decir que, para los que no sobreviven «no es justo» resulta de una estulticia intelectual insultante. Es, una vez más, intentar ocultar la muerte que pasa a un segundo plano porque «lo jodido es ser un perdedor o un vencido». Como si, una vez muerto, al menda le resultase relevante la opinión de cualquiera. Como si la muerte fuera justa. Como si la vida lo fuera.

Hay «cicatrices de guerra» menos bestias. Esta es la mía (batalla contra el cáncer de pulmón)

+ Sobre el cáncer: los hombres que podemos morir pronto