Ateísmos IV

VI

Para «el pobre de espíritu» el ateísmo resulta una condena. Para el que intenta recorrer el camino de la libertad una excarcelación. Su descubrimiento es un tránsito desde lo misterioso a lo sublime, un devenir que opera como obra de arte en la vida del hombre cabal, del hombre que transforma las tinieblas en luz, el sueño en ideas, la existencia en el gozo y la muerte en la nada. Esta liberación, como apuntaba Lefèbvre, es la que debe «cumplirse para la existencia total y para la vida en su profundidad»*. Es una «revelación» de nuestro propio ser que lejos del ascetismo o la renuncia nos invita a la vida gozosa, al disfrute de «todas las cosas buenas». De nuevo Nietzsche, de nuevo Lefèbvre: el gozo profundo más allá del placer y el dolor, la existencia que se trasciende sin salir de ella misma.

VII

Por eso podemos afirmar … ¡Cuán fina es la piel del creyente! Podría decirse de este que goza de la exclusiva de la indignación. Si se ponen en solfa sus valores, credo o doctrina, se siente insultado. Tal es lo endeble de su fe. Porque, si realmente no albergase dudas ¿Por qué iban a molestarle las opiniones del ateo?. Sin embargo no son sus opiniones lo único que le incomoda. Es la mera existencia del ateo lo que no tolera ya que supone el constante recordatorio de su incertidumbre, sus sospechas, sus crisis existenciales, ese ignorado recelo de intrascendencia que aparta continuamente de su pensamiento. Por eso el creyente deshumaniza al ateo limitando su existencia a la de una “máquina” que no necesita de respuestas. Pero la realidad es bien distinta, más bien la contraria, ya que es el creyente quien vive amarrado al condicionamiento de sus normas, dogmas y obligaciones. Es éste, y no el ateo, el que permanece sujeto a una programación disfrazada de mística y buenas intenciones.

* Henri Lefebvre fue un filósofo y sociólogo de orientación marxista.

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1 comentario en “Ateísmos IV

  1. Bueno, yo no me siento atada a mis creencias. Tal vez porque no hay una entidad que las concentre tal y como yo las veo. Pero sigo siendo creyente y me siento más libre que nunca, en expansión y calma. No me molesta lo que piesen otros de mis creencias, me la pela. Si me insultan me pueden molestar, pero que opinen, nada.
    Y sobre todo no me asusta que el ateo tenga razón, que su verdad sea la verdadera… Yo me siento bien cultivando mi espiritualidad ahora en vida. Lo que ocurra después, pues ya lo sabré después. Igual me da quien tenga razón. Todos nos moriremos y descubriremos, o no, quien estaba en lo cierto.

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