Ateísmos II

II

Existen muchos tipos de «ateísmos», tantos como creyentes, religiones o concepciones teístas. Porque el ateísmo dependerá, siempre, del dios que se niegue. Se es ateo, a veces, alejado de toda lógica o razón porque el descreimiento no es, tal y como muchos piensan, fruto de la modernidad sino que nace al mismo tiempo que los dioses: «nosotros confesamos que somos ateos en lo que se refiere a los dioses, pero no con respecto al más grande verdadero Dios». Son palabras de San Justino Mártir, uno de los primeros apologetas cristianos, nacido en el año 100 después de Cristo, y que supone, junto a Sócrates, un claro ejemplo del ateísmo óntico: el que niega las deidades particulares.

Únicamente cuando la idea de un solo dios ganó a los panteones antiguos, llegó el ateísmo moderno, ontológico, el que creemos poder definir aunque aún no hayamos conseguido hacerlo. Porque este moderno ateísmo nace de la contraposición a las religiones reveladas, de su negación y sí, se abrió paso entre la razón. Aunque naciera de una crisis de fe y de la teología.

III

Cuando desde el materialismo filosófico se define el ateísmo como una idea negativa se utiliza la acepción que implica la ausencia o inexistencia de algo, no aquella que implica una valoración moral. Sin embargo, no se trata sólo de etimología es, también, la reacción racional al numen, a la primitiva religión natural que estableceremos, aquí, como materialista. Visto desde una perspectiva histórica, el ateísmo será el fin de la religión porque es su evolución natural. Y si ese momento todavía no ha llegado se debe en gran medida al fanatismo de las religiones monoteístas, al uso que han hecho de éstas los Estados, y a ese agnosticismo actual que todo lo impregna en el mundo occidental y que resulta, en ocasiones, más dañino que algunas doctrinas porque continúa haciendo del hombre un esclavo del más allá.

No existe, pues, ningún término positivo para definir el ateísmo: «a-teo», «in -pío», «des-creido», «a-religioso, «in-credulo»… El propio nihilismo es denostado como una posición terrible. Y no porque rechace todos los principios religiosos y morales, sino por la interpretación que de él se hace en la cual la vida carece de significado, propósito o valor. Si definimos al Ateo como materialista inmediatamente nos forjaremos la idea del individuo dominado por el consumo y la necesidad de atesorar bienes materiales. No podemos apelar tampoco al término Humanista, envenenado por Erasmo, ni al racionalismo de Kant influenciado por siglos de escolástica. Quien domina el lenguaje domina el entendimiento. E igual que en la actualidad se intenta imponer un pensamiento único a través del lenguaje políticamente correcto, en el pasado la Iglesia y los estados jugaron la misma baza, de momento, con mayor éxito. Sin embargo el concepto de Dios, su sola mención, es lo que debería evocarnos algo terriblemente dañino. Porque Dios, los dioses, se construyen por el hombre y a la inversa del hombre. Así, si soy mortal Dios es inmortal; si fui creado Dios existió siempre, si soy la nada Dios es el todo, si soy imperfecto Dios es perfecto, omnipresente, omniescente, omnipotente… ¡Terrible! Dios es la ruptura del hombre consigo mismo. Dios es la alienación.

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