Lo bueno o lo malo (un cuento bestia)

I

Siempre mantuvo que lo suyo no era cosa de magia aunque insistía en que, si nos contaba la verdad no íbamos a creerle, ni siquiera a entenderle. Sin embargo a veces, cuándo bebía demasiado, repetía nombres absolutamente desconocidos para nosotros: Tegmark, Smolin… – balbuceaba – y hablaba de cosas absurdas que nadie entendía; como aquellos rarísimos multiversos autorreproductores de nivel dos y los no menos extraños universos bebé. Pero todas aquellas locuras fruto, seguramente, del abuso del alcohol y de unos conocimientos ajenos a nuestra limitada cultura no suponían, para nosotros, ninguna explicación a esa conciencia tan preclara que Weise (así se hacía llamar el tipo) mostraba hacia el porvenir. Un conocimiento que le granjeó el respeto de los habitantes de nuestra pequeña y preciosa aldea ya que, siendo honestos, siempre utilizó su sapiencia en beneficio de la comunidad. Por eso los acontecimientos que se produjeron aquel aciago día de abril sorprendieron, conmocionaron y espantaron, a todos los vecinos del pueblo. 

II

Clara sujetaba al bebé en brazos. Era su cuarto hijo y, aunque el parto no había sido tan duro como los demás, estaba exhausta. Aún así, aquel niño le parecía la criatura más bella del mundo. Además,  había depositado grandes esperanzas en el nuevo vástago dado lo peculiar de su historia familiar que, durante algún tiempo, fue la comidilla de la aldea. Clara era la tercera mujer de su primo, lo que hizo de ella diana de todos los comentarios, chascarrillos y maledicencias por parte de sus vecinos cuando éste, que además era hijo ilegítimo, la desposó. Sin embargo, y pese a la rigidez y el mal carácter de él, la vecindad, con este cuarto hijo, había aceptado por fin a la pareja.

III

Era 23 de abril. El bebé solo contaba con unos días de existencia cuando media aldea se reunió, en la apacibilidad de aquella pulcra casa burguesa, para dar la bienvenida a la nueva alma que pronto corretearía por las empedradas y silentes calles cercanas a la esbelta torre de la Iglesia. Weise llegó a la casa. Traía el semblante serio, preocupado, triste, una actitud que contrastaba con lo festivo del momento. Casi sin pausa, el misterioso sabio saludó al padre, besó a la madre y pidió que le dejaran coger al bebé. Y así se hizo.

Weise sostenía con firmeza la cabeza del retoño mientras, con la otra mano, jugueteaba con sus manitas y acariciaba los dedos del niño. Entonces se agachó, acercó sus labios al tierno oído del niño y musitó: perdona. Fue entonces cuándo le partió el cuello.

Epílogo

Habían pasado tres meses desde  el asesinato. Weise esperaba su condena en una oscura celda sin pronunciar palabra, sin alzar la mirada, sin intentar justificar o aclarar un acto que, por otra parte carecía, de explicación. Al mismo tiempo, Clara testificaba ante la autoridad competente. El nervioso y joven funcionario que le tomaba declaración, muy afectado también por el horrible crimen, procuraba dirigirse a la destrozada madre con la mayor delicadeza posible y así, movido por la ternura o quizá por la inexperiencia, le preguntó: y, señora Hitler, ¿Qué nombre pensaba ponerle al niño?. Adolf – dijo ella – Pensaba llamarle Adolf.   

Cuento anterior: el discurso de Abascal.

¿Cáncer? No me sea macarra y muérase usted friendly

La sociedad occidental vive anclada en la negación de la realidad. Vive enferma de estupidez crónica, víctima de lo políticamente correcto. Oculta que la existencia no sólo supone confort y «felicidad para el rebaño» sino, también, enfermedad, dolor y muerte. Tanto es así que, los adalides de la indigencia intelectual han comenzado una campaña lenta, pero constante, para hacer desaparecer del lenguaje términos que puedan recordar al sufrimiento o la muerte. En esta nueva «ofensiva» del “pensamiento Alicia” participa, muy activamente, el periódico “El País” aleccionándonos, desde su altura moral auto concedida, con titulares tan taxativos y «pontificantes» como el siguiente : «Por qué es un error llamar guerra al cáncer y héroe a quien se cura». Y ustedes se preguntaran: sí, ¿por qué es un error? No se preocupen; la “periodista” que firma el artículo lo aclara, desde su púlpito de la modernidad y desgranando perlas como ésta: «Quienes no superan la enfermedad, ¿es que no han luchado suficiente, no han estado a la altura en el campo de batalla?» ¿Además de canceroso perdedor, vencido? ¡Qué horror! (esto último es mío). En fin que, para que esto del cáncer sea más friendly, se nos propone : “limitar la palabra cáncer en el vocabulario de los médicos, y reservarla para los casos más graves… se puede sustituir por expresiones como «microtumor» o «células anormales». Es decir, mintamos al enfermo y tratémoslo como si tuviera la edad mental de un niño de cinco años. Otra vez el intento de sustituir la realidad por el relato.

El principal argumento de este «opúsculo» firmado, sin pudor, por Verónica Palomo, ni siquiera es nuevo. Rescata un pasaje (el que le conviene) de «Las Enfermedades y sus Metáforas» un ensayo de Susan Sontag (intelectual atea, norteamericana fallecida de Leucemia y síndrome mielodisplásico) que, publicado a principios de los 80, abarca aspectos mucho más complejos e incisivos que los, únicamente, recogidos por ese periódico. Un ensayo que, por otra parte, no deja de ser una opinión, tan autorizada como la de cualquier otro enfermo de cáncer. Se citan además, como fuentes de toda solvencia, a «algunas asociaciones», revistas especializadas en medicina, un par de psicólogos y, creo recordar, una lingüista. Un desbordante trabajo de investigación para concluir que, menos hablarle en términos bélicos (sólo apropiados para macarras) al enfermo de cáncer se le puede decir casi cualquier cosa : «hay que intentar descubrir cuáles son las metáforas de cada paciente, porque las generalizadas no funcionan”. ¡Menos oncólogos y más literatos!

Y, por supuesto, eso de mantener una actitud positiva ¡Prohibidísimo! que lo “normal es tener emociones negativas y hay que ser capaces de recogerlas”. De superarlas no, de recogerlas. Y, además, cuanto más llore el enfermito menos mea. Todo son ventajas.

Lamentablemente, a la “periodista” parece preocuparle poco la opinión de los oncólogos sobre la depresión en pacientes de cáncer o la actitud de los muchos afectados que coincidimos en las salas de espera de Quimio o Radioterapia y que hablamos de «luchar», de «no rendirnos» o de «batalla» porque son símiles o metáforas apropiadas a nuestro estado. Tenemos todo el derecho del mundo a hacerlo, y los médicos y profesionales de la comunicación también. Pero la tendencia es otra porque la pretensión es distinta: si no se puede ocultar la enfermedad, dulcifiquemosla. Lo han conseguido, por ejemplo con el cáncer de mama al que llaman «rosa» basándose en un manido “rol de género” que, sin embargo, no parece soliviantar a muchas feministas: las niñas rosa, los niños… ¡Azul!, ahora al cáncer de próstata deberíamos llamarlo azul. Y… ¿Qué color le ponemos al de cáncer de Huevos? ¿Blanco o amarillo? ¿Puede haber mayor estupidez?

La enfermedad, el sufrimiento y la muerte son partes consustanciales de la vida y, haríamos todos bien en transmitirlo con la dureza, la franqueza y ,por qué no, también con la belleza que implica. Hablar del cáncer como guerra o batalla no es hablar de vencedores o vencidos, de triunfadores o perdedores. Eso queda para los necios. Cuando hablamos en términos “bélicos” expresamos nuestras alternativas, que no son muchas: o te curas o te mueres. O en algunos casos sobrevives ligado a estrictos controles y medicación. Decir que, para los que no sobreviven «no es justo» resulta de una estulticia intelectual insultante. Es, una vez más, intentar ocultar la muerte que pasa a un segundo plano porque «lo jodido es ser un perdedor o un vencido». Como si, una vez muerto, al menda le resultase relevante la opinión de cualquiera. Como si la muerte fuera justa. Como si la vida lo fuera.

Hay «cicatrices de guerra» menos bestias. Esta es la mía (batalla contra el cáncer de pulmón)

+ Sobre el cáncer: los hombres que podemos morir pronto

Ateísmos IV

VI

Para «el pobre de espíritu» el ateísmo resulta una condena. Para el que intenta recorrer el camino de la libertad una excarcelación. Su descubrimiento es un tránsito desde lo misterioso a lo sublime, un devenir que opera como obra de arte en la vida del hombre cabal, del hombre que transforma las tinieblas en luz, el sueño en ideas, la existencia en el gozo y la muerte en la nada. Esta liberación, como apuntaba Lefèbvre, es la que debe «cumplirse para la existencia total y para la vida en su profundidad»*. Es una «revelación» de nuestro propio ser que lejos del ascetismo o la renuncia nos invita a la vida gozosa, al disfrute de «todas las cosas buenas». De nuevo Nietzsche, de nuevo Lefèbvre: el gozo profundo más allá del placer y el dolor, la existencia que se trasciende sin salir de ella misma.

VII

Por eso podemos afirmar … ¡Cuán fina es la piel del creyente! Podría decirse de este que goza de la exclusiva de la indignación. Si se ponen en solfa sus valores, credo o doctrina, se siente insultado. Tal es lo endeble de su fe. Porque, si realmente no albergase dudas ¿Por qué iban a molestarle las opiniones del ateo?. Sin embargo no son sus opiniones lo único que le incomoda. Es la mera existencia del ateo lo que no tolera ya que supone el constante recordatorio de su incertidumbre, sus sospechas, sus crisis existenciales, ese ignorado recelo de intrascendencia que aparta continuamente de su pensamiento. Por eso el creyente deshumaniza al ateo limitando su existencia a la de una “máquina” que no necesita de respuestas. Pero la realidad es bien distinta, más bien la contraria, ya que es el creyente quien vive amarrado al condicionamiento de sus normas, dogmas y obligaciones. Es éste, y no el ateo, el que permanece sujeto a una programación disfrazada de mística y buenas intenciones.

* Henri Lefebvre fue un filósofo y sociólogo de orientación marxista.

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Los hombres que podemos morir pronto

A la memoria de Valentín García, con respeto, admiración y profunda tristeza.

Creo que fue Pérez-Reverte el que escribió: “hay dos tipos de hombres: los que saben que tiene que morir y los que no”. Yo añadiría una tercera clase: los que sabemos que podemos morir pronto; y, aunque, ciertamente, no puedo confirmar la autoría de la frase, sí que puedo citar con solvencia a Séneca: “la muerte es un castigo para unos, un regalo para otros, y un favor para muchos”. 

No se si la lesión que aparece de nuevo en mi cerebro es tumoral o no. Y aunque, si lo es sólo supondrá un nuevo tratamiento, este hecho me lleva a reflexionar, otra vez, sobre el afrontamiento de la vida y, por ende, de la muerte como culminación de ésta. ¿Qué es peor: la incertidumbre que te bloquea en vida, el dolor de los tuyos o la diáfana certeza del final? ¿Qué resulta más digno: morir o vivir sujeto a un afección perpetua, a una enfermedad sin garantías de remisión? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento?.   

Para muchos enfermos oncológicos la vida se reduce al mito de Sísifo, obligado a cumplir un castigo terrible: empujar, ladera arriba, y en un inacabable ciclo, la enorme roca que vuelve a rodar hasta la base antes de alcanzar la cima; monstruosa pero acertada metáfora. Para otros, en cambio, la enfermedad se afronta como un continuo batallar en una guerra perdida de antemano. Pero, para unos pocos, la enfermedad se convierte en una dolorosa dádiva, un presente que les permite situarse ante el espejo de sí mismos. Y si, llegados a ese punto, estos últimos son capaces de mirar al abismo en su interior sintiendo sólo vértigo y no náusea, si ante lo realizado hay más orgullo que vergüenza, si, sin atisbo de duda, repetirían lo vivido en un “eterno retorno», entonces (y sólo entonces) todo habrá valido la pena, todo cobra sentido; porque, en ese sufrimiento, el abrazo a un ser querido es más intenso, el amor más profundo, el reencuentro con el amigo más sentido y la sensación de estar vivo más potente. Es un dolorosísimo regalo pero un regalo al fin y al cabo; porque, cuando llega la hora, puedes marchar en paz, con la certeza de que has agotado «el campo de lo posible».

+ Sobre el cáncer : ¿Cáncer? No me sea macarra y muérase usted friendly.